Final perfecto

Roberto canta a voz pelada “Un osito de peluche de Taiwán” ante un público que salta sincrónicamente. Su voz es majestuosa. El coro lo acompaña con entusiasmo en el estribillo y la multitud corea los finales de cada frase. Roberto mira entre el gentío y ahí está ella. Ese amor de secundaria. Su real y primer amor. Su único amor. El que dejó en el pasado junto a su corazón.

Vuelve el estribillo y ahora le canta a ella. Ella lo entiende y le regala un rubor; una sonrisa; una mirada enamorada.

Él toma la guitarra y alienta al auditorio a saltar. Comienza un solo. Se acerca al micrófono y le dice a ella esa frase que selló el primer beso. La conexión es total. Con ella, con la música, con la gente, con el todo.

A Roberto se le escapa una lágrima y anhela ese momento, aunque sepa que es solo una fantasía. Roberto mira las estrellas y quiere que ella lo rescate. Quiere más tiempo. El frio se apodera de él. El calor se le derrama por un costado en un río púrpura. El río recorre las baldosas, forma una cascada en el cordón de la vereda y se pierde en una boca de tormenta.

El ladrón limpia el puñal en una pegatina que ofrece prostitutas baratas. Se roba un par de zapatillas. Roberto pierde la esperanza de volver a verla y ruborizarla como hizo antes de darle el primer beso.

Advertisements
Final perfecto

Reflejo

Ante las necesidades biológicas no hay guapura. Hasta el más peludo y corpulento afloja en algún momento y yo necesitaba aflojar. Me excusé y a los saltitos llegué al paraíso de la ingeniería: La vejiga casi gana la pulseada.

Nada de lo anterior es realmente importante salvo si lo consideramos un encadenamiento de sucesos que me llevarían a descubrir otra verdad: Los innumerables cafés, las ganas de mear, la advertencia de mi compañero de mesa mediante su «tenga cuidado, que en el baño pasan cosas raras», el pararme para lavarme las manos y la trampa final: Mirarme al espejo.

Ya sabemos que los espejos de los baños son mágicos. El más común de sus encantamientos es el de vernos al revés. Otros como mostrarnos figuras fantasmales cuando la luz está apagada o asustarnos con movimientos involuntarios de nuestro reflejo cuando lo miramos fijamente son, aunque menos frecuentes, también conocidos.

De los menos conocidos están los que nos escribe palabras salidas de nuestro inconsciente materializadas con aliento y, como es en mi caso, el que muestra célebres figuras que nos hablan de realidades añoradas, proponiéndonos tratos para salir de diferentes entuertos. El mio (Mi entuerto) era escapar de Villa de la Triunfante Trinidad; de volver a la ruta.

El primero en aparecer, susurrándome, dulce, tentador, dijo que él podía sacarme de ese endemoniado pueblo. Que él había marcado el camino. Que lo había recorrido miles de veces. Que conocía cada recoveco del pueblo. Tanto lo conocía que él era el pueblo. Que para poder escapar tenía que recordar el pasado. Ese pasado que nos alcanza cuando tenemos miedo de enfrentarnos a lo desconocido. Que nos reconforta con imágenes de nuestra inocencia infantil. Cuando todo era más fácil y simple. Pero, por supuesto, que tendríamos que realizar grandes sacrificios. Que deberíamos dejar de pensar. Que masticaríamos odio y que se lo escupiríamos al mozo, porque él era el culpable de todo.

Tentado por la idea intenté aceptar, pero en el momento en que estaba por cerrar el trato, otra figura se manifestó. «¡No sea zonzo!» me dijo con una gran sonrisa blanca repleta de dientes. «¿No se da cuenta que le mienten?» me preguntó con gesto afable. Y me entró la duda.

Mire hacia adelante, que para poder salir de esta la respuesta está en el futuro. Nada de aferrarse a lo que ya se vivió, que por eso se vivió. Que habría tropiezos y caídas dolorosas, raspones, incluso algunos huesos rotos pero que todo mejorará con el tiempo. Que el secreto estaba en pedirle tantos cafés al mozo que no pudiera traer más. Que así se rompería el hechizo. Que si no me alcanzaba para pagarle por los cafés, él me prestaba. Que no me preocupara de eso. Que eramos amigos.

Quería creerle a los dos. Hice trato con los dos.

Uno se quedó con mi saco como adelanto por las molestias. El otro la billetera.

Los dos desaparecieron y yo seguí sin poder escapar de Villa de la Triunfante Trinidad.

Reflejo

Doble

Un haz de luz intentaba colarse por un hueco en la persiana. Débilmente golpeaba la alfombra mohosa. Unas motas lo atravesaban lacerándolo. Él se arrojó en el sillón victoriano y dejó caer sus brazos, pesados y peludos, sobre los apoyabrazos. Ese sillón rojo, desgastado por la transpiración, impregnado con olor a culo, era su trono, su lugar para ver el mundo.

Eran las 9 de la noche y Roberto estaba, como de costumbre, en calzoncillos y medias, listo para ver las noticias. Con el poder que le daba el control remoto, estrujó el botón de encendido con su dedo. El viejo televisor de tubo hizo un pitido y lentamente comenzó a entregarle imágenes. El haz de luz se vio opacado por el brillo artificial y desistió. A Roberto, la radiante luminiscencia lo confortaba.

¡Bienvenidos a este, su noticiero de las 9! Entre los temas de hoy… — Roberto se levantó con parsimonia. Abrió la heladera y, mirando la pantalla de reojo, sacó medio salamín y una lata de cerveza. — Este es el mejor momento para comprar dólares — Dijo el presentador —cómo y por qué… — Una pausa forzada del conductor tratando de generar incertidumbre — te lo contamos en breve en un informe detalladísimo. Y además, seguimos de cerca la desaparición de Eugenia — Roberto trotó los pocos metros que lo separaban de su trono. Se sentó con entusiasmo y se inclinó hacia la pantalla como un chico que quiere ser asombrado por el truco del mago en un cumpleaños. — ¡Pero antes!… un nuevo accidente en plena Panamericana… dos motos y un auto. Los que iban en moto fallecieron. —

Pelotudos — Dijo Roberto con voz gutural, sin emoción y se tiró sobre el respaldar.

Roberto cabeceaba y el salamín hacía equilibrio entre sus dedos. El bramido de una moto sin silenciador rompió la burbuja cavernaria de Roberto. El caucho se derritió en el asfalto y en su agonía chilló. El golpe de metal contra lata fue seguido por el del casco contra el cemento: Alguien gritó algo.

Pelotudo — Balbuceó Roberto y cerró los ojos. El timbre lo hizo saltar. El salamín se perdió entre los pelos de la alfombra piojosa. Se asomó por la mirilla — ¿Si? — Preguntó.

Hola… sí, soy el vecino nuevo del frente… hubo un accidente ¿Me presta el teléfono? El mío se me quedó sin batería — A Roberto no le gustaba ese tipo o, mejor dicho, a Roberto no le gustaba ningún tipo, pero este le gustaba menos. Tal vez era el peinado engominado, o la corbata, o lo brilloso de los zapatos. Algo se movió en la pieza del fondo.

¡No anda! ¡Eh, no tengo! — Respondió Roberto y cerró la tapita de la mirilla. Y al galope se metió por la puerta de la última pieza.

¡Urgente! Nos informan de un accidente fatal, el conductor de una moto… — Roberto salió de la pieza cerrándola con llave. Se paró frente al televisor y suspiró con desaprobación, sacudiendo la cabeza decepcionado. Movió ligeramente la persiana con los dedos y miró el espectáculo de luces y sonidos y curiosos. Dos enfermeros subían al motociclista a la camilla mientras que un grupo de policías trataba de espantar al mosquerío. — ¡Pero que pelotudo! —

¡Volvemos a estudios! — Se escuchó de fondo — Este es un caso que tiene en vilo a toda la ciudad — Dijo el periodista — la desaparición de Eugenia, esta chica de 18 años — Roberto soltó todo y corrió a sentarse. Era la noticia que esperaba. La pantalla parpadeó un instante. Alguien golpeó la puerta con fuerza. A Roberto solo le interesaba la noticia. Nuevamente los golpes en la puerta y un “¿Hola?”. Roberto miró de reojo, bufó y se paró con desidia.

¿Qué quiere? — Gritó, mientras caminaba hacia la puerta, pero no hubo respuesta. Corrió la tapa de la mirilla y clavó un ojo amenazador: Era la policía.

Detrás de la policía, sobre la calle, un grupo de vecinos chismosos se diluía en procesión. Solo el nuevo se mantenía de pié, quieto, a unos pasos detrás de los agentes.

Es la policía — Le respondieron — Queríamos hacerle unas preguntas. ¿Abre? — Roberto puso la cadenilla y abrió ligeramente la puerta.

¿Qué? — Arrojó, despectivo, impulsado por un movimiento de cabeza.

Como sabrá, hubo un accidente. ¿Usted vio algo? ¿Escuchó alg… —

No, no vi ni escuché nada. — Interrumpió secamente. Los oficiales lo miraron de arriba a abajo. Uno se inclinó ligeramente tratando de ver por entre medio de la puerta y Roberto lo detuvo con un “¿Qué?”. Los dos agentes se despidieron con un desconfiado “gracias” y Roberto cerró la puerta. En ese preciso instante le pareció que el engominado vecino lo miraba sombrío.

— … me ponés la imagen de la cámara de nuevo? — Le preguntaba el periodista a un asistente invisible. — Ahí la tienen, esa es la última imagen en la que se ve a Eugenia — La imagen, tomada desde una cámara cenital de seguridad, mostraba a Eugenia caminando en la noche y una figura antropomórfica unos pasos detrás. La imagen se deformaba en la figura y la hacía irreconocible. Roberto gesticuló un intento de sonrisa.

El pitido de la señal de ajuste despertó a Roberto. Tenía la boca seca. Se levantó con pereza, se restregó los ojos mientras caminaba hacía la heladera. En el camino pisó el salamín y se frenó en seco. Su cara de susto. Se había olvidado de algo. Con rapidez recogió el salamín, lo picó groseramente, tomó un poco de pan mohoso de una bolsa y sirvió un vaso de agua. Colocó desordenadamente todo en un plato usado que agarró de la bacha y se dirigió a la última habitación. Abrió la puerta y dejó el plato y el vaso en el suelo. Volvió a la cocina, se apoyó con las dos manos en la mesada y suspiró.

Iba por el cuarto vaso de agua cuando el ruido de unos pasos en el techo lo sobresaltaron. Sostuvo la respiración y agudizó el oído. Algo corrió a toda velocidad hacía el fondo de la casa. Roberto tomó un cuchillo algo oxidado y corrió en la misma dirección. Abrió la puerta metálica que daba al patio trasero de la casa y, empuñando el cuchillo, corrió las cortinas plásticas que atajaban las moscas en los días calurosos. Algo lo miraba desde lo alto de la medianera del fondo. No podía ver la forma pero si sus los ojos brillantes y rojizos. Agitó el cuchillo en el aire y gritó una puteada. La forma no se amedrentó. Luego de unos segundos los dos fuegos se apagaron y desaparecieron por completo. Roberto entró, le puso llave a la puerta y, desde un rincón, sacó un palo metálico con el que la trabó. Volviendo hacia la cocina se detuvo un instante frente a la puerta de la habitación del fondo, giró la llave y dejó la puerta entre abierta. El brillo del televisor era su faro en la oscuridad. El sonido seco de unos golpes hicieron que el faro titubeara y Roberto se le unió. Dos nuevos golpes y Roberto avanzó cuidadosamente, tocando la pared, intentado buscar un apoyo. Sin siquiera respirar miró por el hueco de la persiana. El engominado vecino cruzaba la calle, abría la puertita del cerco de madera que limitaba la casa. En el umbral de la puerta se detuvo. Miró hacia la persiana y se diluyó en la oscuridad de la casa. La mirada traspasó la madera de la persiana, el vidrio de la ventana, los huesos de Roberto y se alojó en la médula. Esta se sacudió en señal de alerta y empujó a Roberto hacia la calle.

¿Qué mierda te pasa, pelotudo? — Le gritó — ¡Vení para acá si sos guapo! — Volvió a gritar. Esta vez agitando el cuchillo en el aire. Cuando Roberto se calmó ya estaba en medio de la calle, bañado por las mal mantenidas luminarias públicas. Miró para los costados y todo estaba en silencio. La bruma se levantaba próxima. La noche lo engullía todo. Solo los incautos y los jóvenes (A veces la misma cosa) veían en la noche algo placentero, algo para disfrutar. Usó el cinto para sostener el cuchillo y, en extremo silencio, cruzó el cerco. Le daría el susto de su vida y así, el vecino, sabría quién era Roberto. Se deslizó hasta una ventana y entornó los ojos tratando de ver en la oscuridad. La luz se encendió y el vecino entró a la habitación. Roberto se agachó pero sin dejar de mirar. El vecino tenía un aspecto descuidado: Encorvado, de tez pálida y semblante cadavérico.

Las luces no dejaban de titilar y Roberto hubiera jurado que ese ser se deslizaba en vez de caminar. Mientras se movía, Roberto pasó de una ventana a la otra, siempre siguiéndolo. Entró en otro cuarto, uno que se proyectaba hacia el fondo de la casa. La luz del fondo se encendió. Roberto tomó el cuchillo y, haciendo palanca con este, forzó una ventana y saltó dentro de la casa. La puerta por dónde el vecino se había escabullido estaba entre abierta. Roberto intentó abrirla pero la falta de aceite en los goznes le hizo entender que no sería una buena idea. Desde la abertura podía ver luz al fondo de un pasillo completamente oscuro. Una sombra sobre la pared le indicaba que allí estaba el vecino. La sombra cargaba algo con sus manos, la cargaba como se carga una bolsa grande y pesada. La sombra se hizo nítida y de ella florecieron brazos, piernas y una cabeza. La cabeza y cuello quedaron al descubierto y una boca babeante, de colmillos agudos se aferró a la yugular.

¡Eugenia! — Un grito mudo se escapó de la garganta de Roberto. Un grito acallado fue suficiente para que Eugenia cayera al suelo y el monstruo flotara a toda velocidad por el pasillo a la caza de Roberto. Un chillido le heló la sangre: Roberto había clavado el puñal en el costado de la bestia. Esto le dio el suficiente tiempo para que saltara por la ventana y corriera a ocultarse en su casa. Cerró la puerta con llave y arrastró su trono para usarlo de barricada. De nada sirvió. La puerta explotó y los pedazos volaron por los aires y Roberto voló con ellos dos metros hacia atrás por el pasillo. Tardó unos segundos en recuperar el sentido y cuando lo hizo vio la figura acercarse hacia él. Arrastrándose de espaldas llegó hasta la puerta de la habitación del fondo. Otro chillido cortó el aire y el engendro saltó hacia él.

¡Pelotudo! — Dijo Roberto y pateó la puerta. El monstruo lo intuyó pero ya nada podía hacer. Unos tentáculos negros emergieron del umbral y tomaron al vampiro de sus extremidades arrastrándolo hacia una grotesca boca dentada. La puerta se cerró tras el último forcejeo y Roberto le puso llave.

¡Último momento! — El periodista se preparaba para dar una primicia — Eugenia ha aparecido y se encuentra fuera de peligro. Los médicos han dicho que se encuentra algo anémica pero ya la están tratando. Por otro lado, las autoridades siguen en la búsqueda de Julieta… — Roberto miraba la pantalla inclinado hacia adelante, con entusiasmo, una leve sonrisa afloró mientras cortaba un salamín.

Doble

“De los que creían” vuelve a Amazon

Allá por el 2013 salía la primera impresión de “De los que creían en la felicidad” de la mano de la editorial Tapa Dura (Hoy ya desaparecida, lamentablemente).

Fue mi primer novela corta publicada (No mi primer libro) por lo que se sentía un gustito diferente. Yo me quedé con algunas copias que he ido regalando con el tiempo, incluso hubo una época en la que se podía descargar gratuitamente en diferentes formatos.

El punto es que, entre diferentes motivos, hoy vuelve a estar disponible para ser adquirida desde Amazon.

No tenía pensado que se volvería a publicar, pero a cada uno de los que les entregué una copia, volvieron con buenos comentarios (Y también con observaciones). Por otro lado pienso que, al vivir en américa latina, el marco político y social actual es ideal para esta ficción. Una mirada de algo que puede ser.

Los invito a ojear las página de “De los que creían en la felicidad“. Pueden adquirirlo desde este link: https://www.amazon.com/dp/B00JOYWDS0

“De los que creían” vuelve a Amazon

Negación

collins-vampirejpg

Los vampiros no existen. Lo supe desde muy pequeño. Jamás le temí a la oscuridad o a los payasos o a las arañas o a esos pasillos largos que hay que recorrer desde tu habitación para llegar al baño. Las películas donde un entumecido anoréxico con capa se transformaba en un murciélago y escapaba volando por la ventana me sacaban una sonrisa. Ver esos dientes puntiagudos clavarse en una yugular o en la ingle me desternillaba de la risa.

Cuando tenía doce unos compañeros me retaron a lamer un pedazo de bofe. Fui más allá y le pegué un buen tarascón.

En la fiesta de egresados se me ocurrió la brillantez de imitar la mítica escena de Carrie. Con unos amigos pusimos unos baldes con pintura roja en las vigas superiores, sobre la pista de baile. Cuando todos estaban a los saltos en el centro, se los arrojamos en sus cabezas. Todos estaban empapados, sin entender nada, quietos, en shock. Las luces rebotaban en los cuerpos y teñían todo de escarlata.

Lola seguía moviéndose, a ella no le importaba nada. Se movía y me miraba. El vestido se le había pegado a su cuerpo, pesado, marcaba cada curva: las caderas, los muslos, sus senos. Se contoneaba y se acercaba. Sentí su aliento en mi cuello. Sus manos en mi nuca. En el aire no se olía a pintura. La fragancia era irresistible. Una erupción sanguinolenta saltó de mi cuello, otra del de ella. Por sobre su hombro vi a mis amigos comer.

Los vampiros no existen, me dije.

 

Negación

Presentación del libro Basta, cien hombres contra la violencia de género

14079482_731643690307648_5962718393119845698_n

Los editores de Basta Argentina te invitan a la presentación del libro

¡Basta! Cien hombres contra la violencia de género

a realizarse el sábado 9 de septiembre del 2016, a las 19:30

en la Sociedad de Fomento Primera Junta

Congreso 1728, Haedo, Provincia de Buenos Aires

100 microficciones escritas por 100 escritores argentinos de todo el país.

Forma parte del proyecto inciado en Chile y hoy se extiende por toda Latinoamérica.

Habrá lectura a cargo de autores y antólogos, muestra de artistas plásticos y música.

Sociedad de Fomento Primera Junta, Congreso 1728, Haedo,

Provincia de Buenos Aires.

Editores:

Amor Hernández, Fabián Vique, Leandro Hidalgo,

Miriam Di Gerónimo y Sandra Bianchi

Los cien autores:

Alberto Femia, Alejandro Bentivoglio, Alejandro Miguel

Orellana, Alejandro Pedro Destuet, Armando Macchia

Camilo Sánchez, Carlos Aldazabal, Carlos Manuel Casali

Carlos Norberto Carbone, Claudio Sylwan, Cristian Jesús

González, Daniel Fermani, Daniel Frini, David Slodky

Diego A. Cutuli, Diego Alejandro Majluf, Diego Kochmann

Diego Martín Lanis, Diego Niemetz, Eduardo Vardé

Eduardo Gotthelf, Eduardo Mancilla, Emiliano Ángel

Griffone, Emiliano Pintos, Enrique del Acebo Ibáñez

Ernesto Parrilla Paredes, Esteban Rodolfo Mederake

Eugenio Mandrini, Ezequiel Wajncer, Fabián Castellani

Fabián Ostropolsky, Fabricio Pippi, Facundo López

Federico Batllori, Félix Ángel Córdoba, Fernando M. Blasco

Gastón Domínguez, Germán Estrella, Hugo Francisco

Rivella, Hugo A. Gonza, J. González, Javier Touza, Jorge

Gómez, Jorge Otegui, José Luis Saddi, José María Guerrero

Juan José Panno, Juan Manuel Montes, Juan Manuel Valitutti

Juan Marcelo Sosa, Juan Pablo Goñi Capurro

Juan Pablo Portugau, Juan Romagnoli, Julio Diaco

Julio Tala, Leo Cuello, Leo Mercado, Leonardo

Dolengiewich, Lucas Simó, Luciano Doti, Luciano

Rodríguez, Luis Darío Salamone, Luis Ferrarassi, Marcelo

Fernández, Marcos Andrés Ponce De León, Mariano

Ambrosino Roulier, Mario César Lamique, Mario Goloboff

Martín Gardella, Mateo Rinland, Matías Iacono, Miguel

Lisanti, Miroslav Scheuba, Omar Julio Zárate, Omar Ochi

Orlando Romano, Orlando Van Bredam, Pablo Altieri

Pablo Darío Colombi, Pablo Dema, Pablo Doti, Pablo

Lautaro, Pablo Melicchio, Ramiro Esteban Zó

Raúl Borchardt, Raúl Brasca, Ricardo Alberto Bugarín

Roberto Perinelli, Rodolfo Lobo Molas, Rodrigo Ariel

Iñíguez, Rogelio Ramos Signes, Rubén Faustino Cabrera

Salvador Biedma, Salvador Verzi, Sandro Centurión

Saurio, Sergio Cossa, Sergio Gaut Vel Hartman

Tomás Ignacio Rossi, Walter Sobel

Presentación del libro Basta, cien hombres contra la violencia de género