Revolución

“No somos más que el residuo de la cultura de la que mamamos”.

Esa era la frase perfecta con la que decoraría el revoque de la pared a medio terminar. En plena noche, él era rey de la soledad. Un vengador filosófico que se escurría en la oscuridad dejando mensajes furtivos que despertaban conciencias en la mañana.

Sacudió la lata de aerosol. La bolita fue una campana anunciando el comienzo de la libertad de las ideas. Midió el espacio. Calculó las vocales y las consonantes: “No somos más que el…”

Se detuvo con furia. La misma furia que lo empujaba al vandalismo rupestre ahora lo hacía dudar.

– ¡Quiero despertarlos!… que vean… que se den cuenta… – pensó. La cabeza le rugía. Era un motor afinado escupiendo ideas. Era imparable.

– No van a entender que somos lo que hemos consumido, lo que nos han inyectado… – Se decía vehemente – … nos dijeron que la única forma de ser alguien era yendo para arriba… el laburo – La imagen de la oficina se le manifestó. El escritorio de metal. Esa silla de mierda con el respaldar flojo y el asiento con olor a culo. – ¡Qué va entender el pelotudo de Victor! … ¡Victor! Lo único que ha perfeccionado en su vida es la capacidad de chuparle las pelotas al jefe. Ese sí que quiere irse para arriba – Estranguló la lata imaginado el cuello de Victor.

“No somos más que niños adoctrinados jugando a ser adultos”

Afiló la daga intelectual. Volvió a calcular el espacio. – ¡No! – Paró – ¿No? – Preguntó – No, no van a entender… ya están adoctrinados… no pueden ver siquiera que lo están. Les enseñaron a quedarse callados, a no decir nada, a aceptar, a seguir las órdenes, a votar sin pensar, a mirar para el otro lado, a reírse del deforme, del maricón, de todos… – Pateó una piedra.

“Nos tienen dominados y dormidos. Despertemos.”

Esta vez las caligrafía sería más grande, más contundente. Tenía más espacio por centímetro cuadrado en esa pared porosa. Apuntó para disparar la primer ráfaga de pintura. Dudó y tembló y apretó los dientes. – No sirve… tampoco sirve – Dijo entre dientes – es muy cliche, muy de gurú barato – Sacudió la cabeza – van a comprar la frase como cualquier mercancía y así como les llegó se les va a olvidar, se van a volver a dormir, van a crear más anticuerpos. La van a usar en citas pelotudas. Una idea completamente bastardeada.

Parado en la oscuridad, la pared su interlocutor, la lata su verdad. – No soy más que lo que mamé – Repetía en susurros. – Me fabricaron… me hicieron… nada cambia… ¡Tengo que ser directo! – Desparramó aerosol en la tapia y se perdió en la noche trotando.

Rosa asomó a la vereda, escoba en mano, como cada mañana de cada día desde que se había jubilado, veinte años atrás. Le sacó lustre a las lustradas baldosas. Apiló unas hojas, un bollo de papel y una lata de aerosol. Miró la pared de la obra y sacudió la cabeza en desaprobación.

Juan pasaba montado en su bicicleta camino a la fábrica. Saludó a Rosa. No vio el mensaje.

Carla caminaba veloz. Perseguida por el miedo. Se le había hecho tarde. El despertador había fallado y el turno nocturno en la fábrica ya había terminado. Tenía que llegar antes que su marido a casa. Tampoco leyó la pared.

Carlos lo leyó y se rió. Se le cayeron unos cuadernos y un lápiz. Los juntó y se secó los mocos con el guardapolvos.

Aún quedan vestigios de la pintada y si se presta suficiente atención es posible leerla.

“Putos”

Y el dibujo de un pito como punto final.

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Revolución

Anhelos

El pueblo de Gonzalez lleva el mismo nombre que su fundador. A pesar de ello, ninguno de sus habitantes recuerda quién fue Gonzalez.

En Gonzalez los acontecimientos tienden a diluirse con el tiempo dejando un remanente de nostalgia e imperfecciones históricas en el imaginario de sus pobladores; Como cuando llegó el cine. Todos estaban excitados. El cuchicheo iba de puerta en puerta, de boca a oído, saltando libremente. Con tanta libertad que tras cada salto, el vocero agregaba alguna cualidad al futurístico invento.

Se llegó a decir que el cine de Gonzalez mostraba paisajes nunca antes vistos y que se podía hurgar en la vida de otros sin que esos otros lo notasen, lo que regocijaba a algunas comadronas especialistas en limpieza de veredas enlosetadas. Se dijo que, también, existían héroes voladores, invencibles, que quemaban cosas con su mirada y que podían terminaban con todos los problemas del mundo. Alguien agregó que uno de estos personajes podría venir a Gonzalez y esto llegó oídos de Marta, la primera dama del pueblo. Marta, por prudencia, prefirió no decirle nada a su marido.

A pesar de las expectativas que se habían generado, la apretura del cine fue un total fracaso. No por la asistencia: El pueblo entero se agolpaba en la entrada.

El fracaso se debió a un error de interpretación. Y es que al final de la primera función, una turba de espectadores corrió despavorida por los pasillos al grito de “¡es terrible!” y “¡el horror!”. Otros, algo más conservadores, se limitaron a chillar como animales heridos. También se pudo ver que un grupo de veinte personas se arrancaban los pelos, mientras que otros intentaban copular con la empleada del modesto kiosco. Si bien nunca más se habló de este tema, algunos pudieron acceder a fragmentos de información procedentes de diferentes fuentes, todas fidedignas, y aunarlos en una cronología de hechos más o menos sólida.

Se dijo que Raúl, un aficionado dramaturgo, quiso felicitar a los protagonistas por sus incomparables actuaciones una vez finalizada la proyección. Este se dirigió a los bastidores y a los pocos minutos reapareció, agitado y visiblemente en pánico, por una de las puertas batientes del salón principal del teatro. La multitud, que esperaba a los actores para el saludo final notó el espanto de Raúl. Entre espasmos se las arregló para succionar una gran bocanada de aire y gritar: ‒ ¡no están! ‒ Tras el bramido se desmayó.

Se encomendó un grupo de búsqueda de actores pero no pudieron dar con ellos. Se le exigió explicaciones al gerente del teatro. Este se mostró poco colaborativo, según se relató.

Algunos dijeron que era común mostrarse apático y poco colaborativo ‒ ¡Los de ciudades grandes son así! ‒ Otros consideraron sentirse insultados por las poco claras explicaciones del gerente; “Es celuloide”, “la luz impacta en la pantalla” y “las imágenes están pintadas en papel” fueron solo algunos de los agravios que los asistentes tuvieron que soportar de mano del gerente. Con la muchedumbre encolerizada, el gerente fue lanzado mediante épica técnica pugilística por sobre el mostrador del kiosko. Tras el estruendo del cuerpo contra los cristales alguien aseveró: ‒ ¡Son fantasmas! ‒ Tamaña conclusión desató el pánico. Tal vez el gerente no usó las palabras correctas. Tal vez la turba no estaba preparada para tal adelanto científico. Eso nunca lo sabremos. Se decretó que había sido otro caso de “desaparición por éxito”. Casos similares ya se habían registrado en Gonzalez en el pasado.

El propio fundador de Gonzalez habría desaparecido algunos años después de la fundación del pueblo. Al parecer el plantar bandera (Eso se dijo) sobre tierra inmaculada hizo que la misma se tragase al perpetrador. Por más que se buscó a Gonzalez en los pueblos aledaños, llevando incluso a algunos intrépidos aventureros hasta la capital, no hubo forma de dar con él. Alguien destacó la ausencia de la mujer del contador y la recaudación de los impuestos municipales, pero el hecho no trascendió ante la sombra de la pérdida, en circunstancias paranormales, del mismísimo fundador.

Teorías varias se crearon alrededor de la desaparición. La que más caló fue la que Alberto, un octogenario con datada experiencia en la cata de uvas, acertó en conjeturar: ‒ ¡Es cuestión de éxito! ‒ Dijo fría y penetrantemente. Luego se puso a dormir la siesta. Un compañero de primaria de Gonzalez hiló la teoría de Alberto y concluyó: ‒ Desde chiquito. Desde que íbamos al colegio, Gonzalez siempre quiso fundar algo. ¡Fundó un pueblo! ‒ Los anhelos de Gonzalez, puestos en palabras gracias a su compañero de colegio, quitaron las dudas de lo pobladores. Gonzalez había sido víctima de su propio éxito. Estaban frente al primer caso de “desaparición por éxito”.

Otro caso documentado era el de Camila Lascano de Gutierrez. Camila supo tener un pasado rebelde. De chica, en contra de los deseos de su madre, prefería moldear formas con barro en vez de jugar con cocinitas y bebés de trapo. En la adolescencia se escondía en un recodo olvidado de la biblioteca del pueblo. Llegando a los dieciocho, y gracias a la insistencia de su madre, Camila cambió las visitas a la biblioteca por las vueltas de media tarde en la plaza central. Las dos caminaban juntas, Camila recordaba letras memorizadas en la biblioteca. Su madre le susurraba los balances económicos de los solteros disponibles.

En en una de esas rondas conoció a Gutierrez. Este la cortejaría durante un tiempo. Primero caminando a una distancia prudente, luego convenciendo a la madre de Camila de que su edad se equiparaba a sus bienes. Con dieciocho recién cumplidos, Guitierrez le propuso matrimonio. La madre de Camila aceptó por ella. Camila se casó de blanco frente a medio pueblo: Pagó Gutierrez.

Camila, y el bibliotecario, no sonrieron durante todo el evento. Sobre Camila se dijo que fueron los nervios. Sobre el bibliotecario la falta del gusto por el alcohol.

Los meses pasaron y solo dos hechos destacaron en el pueblo: El bibliotecario se iría para estudiar en la universidad y Gutierrez buscaba, desesperado, tener hijos. Esto último no había sido posible, particularmente, por un deterioro en la salud de Camila. Constantes dolores de cabeza, desmayos, indisposiciones, nauseas, ceguera temporal, amnesia esporádica y parálisis ocular eran algunos de los tantos males que aquejaban a Camila. Helena, la curandera de Gonzalez y amiga cercana de Camila, le sugirió a Gutierrez postergar todo intento de concepción hasta que Camila se recuperase. Alfonso Carranza, el médico de Gonzalez sugirió, habiéndose visto sobrepasado en sus conocimientos, que Camila fuese analizada por su colega, el doctor Claudio Mercedes. Mercedes vivía en la capital y gozaba de cierto renombre entre los locales. Renombre ganado luego de curar el brote de histeria que sufrió la primera dama y una viuda cuarentona.

Mercedes viajó un domingo a Gonzalez. El lunes visitó a Marta, la primera dama, para asegurarse que no hubiese recaída. Atendió a Camila el martes. El miércoles dijo que Camila estaba curada. El jueves se vio al bibliotecario en el pueblo: ‒ Vengo por que me olvidé de llevarme algo. ‒ Dijo. El viernes Mercedes visitó a la viuda cuarentona para un control rutinario. El sábado Gutierrez llegó tarde a casa: Camila había desaparecido.

Los rumores corrieron veloces: Otro caso de “desaparición por éxito”. La madre de Camila aseguró que su hija soñaba con ser madre y esposa. Gutierrez reveló intimidades: ‒ Ella anhelaba darme muchos hijos. ‒ Confirmó ‒ ¡La cautivaba mi virilidad! ‒ Se elogió. Pronto el tema se olvidó pero dejó claro entre los pobladores de Gonzalez que el pueblo sufría de este peculiar mal. La “desaparición por éxito” fue un tema de interés público. Se dictaron leyes y se establecieron normativas que garantizaran el resguardo de los gonzalences.

Como el caso del cine hubieron otros, esporádicos, en el transcurso de los años y, con el pasar de estos, la experiencia llevó a mejores mecanismos de mitigación. Hoy Gonzalez es un pueblo tranquilo. Un pueblo con viejos sentados en la vereda tomando el sol, madres haciendo balances financieros de candidatos y jóvenes que, sin haber salido nunca del pueblito, tienen una urgencia inefable de encontrar algo perdido en otro lugar.

Anhelos

A tiempo

Roberto jamás llegó a tiempo a nada.

Desde chico siempre tuvo la habilidad de errarle a cualquier cita: llegaba cuando la campana de ingreso al colegio ya había sonado; o cuando ya estaban todos formados en fila; o justo después de que la maestra dijese su nombre.

Si había que juntarse para jugar a la pelota, él llegaba cuando todos se habían ido. La merienda se convertía en cena. Los regalos de navidad se abrían en año nuevo.

No había nada malo en Roberto. No sufría dolencia alguna. Nada que lo hiciese incapaz de estar a tiempo, por lo menos, así lo decretó su pediatra luego de ser consultado por Rosa, la madre de Roberto. Debo remarcar el esfuerzo titánico que representó, para Rosa y el pediatra, concretar la consulta. La imposibilidad de llegar a tiempo no estaba limitada a Roberto como persona si no a cualquier cosa que lo involucrase.

Rosa buscó otras opiniones durante años. Tal vez la que más confianza le dio fue Marta, la vidente del pueblo. Famosa por sus amarres de amor y, según dicen, por haber provocado la separación de Gonzalez; Marta citó a Rosa para un Martes por la tarde, cuando bajase el sol. Rosa no llevó a Roberto. Llegó a tiempo.

Cuenta Rosa que Marta usó un mazo de cartas nuevo. Prendió una vela negra. Espantó un par de moscas que lamían una mancha de mermelada del mantel floreado de plástico que cubría la mesa de adivinación y repartió las cartas. — ¡No te hagás dramas! — Dijo Marta poniendo las manos sobre las cartas. — Esto se le pasa con la edad. — Cerró estoica y le pidió un paquete de yerba a cambio de sus servicios.

Los años pasaron y el designio de Roberto no menguó.

Podríamos cerrar esta historia con la muerte de Rosa esperando por Roberto. Intentando alargar el último suspiro, el hálito de vida, mirando hacia la puerta desde la cama, esperanzada por ver a Roberto entrando, intercambiar miradas y entender que la vida fue buena, que ella fue buena y que Roberto la quiso y la amó como una madre que lo dio todo. Pero esta historia no es sobre Rosa, que sí, murió en una cama, mirando hacia la puerta, esperando por su hijo, y que exhalando el aliento final dijo: ¡Roberto, sos un pelotudo!

Roberto culpó a la enfermera por no haber podido llegar a tiempo. La enfermera cometió un error, en su desconocimiento, al llamar a Roberto por teléfono y citarlo en el hospital. Ante el deterioro de la salud de Rosa y su previsible muerte le dijo, ‹‹venga antes de las 4››, sellando para siempre el destino de Rosa.

Pero como decía, esto no es sobre Rosa sino sobre Roberto.

De cualquier manera la vida de Roberto prosiguió con normalidad. Una normalidad dentro de los parámetros de alguien que no llega a tiempo a nada. Y es posible que a esta altura tal vez piense en Roberto como un ser maldito. Alguien destinado a vivir el resto de su vida en la miseria. Y si bien hubieron muchos otros desencuentros. Como la vez que Cecilia lo invitó a su casa, mientras sus padres estaban de viaje y Roberto tocó el timbre en el preciso momento en que los padres de Cecilia volvían del viaje. O aquella otra vez cuando, noviando con Raquel, fue a visitarla, llegando en el preciso momento en que Marcelo también coincidía en la visita. En todo caso, y para no irme por las ramas tengo que decir que Roberto comenzó a utilizar esta peculiar cualidad a su favor.

Al principio trató con cosas pequeñas, como para entrenar.

Si necesitaba un corte de pelo elegía una peluquería al azar usando la guía telefónica, tomaba un calendario de bolsillo y anotaba una cita ficticia con el local. Siempre colocaba una fecha unos días en el futuro. Se dirigía al local tan pronto terminaba de hacer sus anotaciones. Al llegar se anunciaba y proclamaba tener una cita: Lo estaban esperando.

Intentó con actos que, a su entender, eran más osados; se hizo regalar helados pudiendo llegar antes de que las promociones en las heladerías vencieran; consiguió los mejores asientos para el estreno de una película de acción; llegó primero a la fila del banco.

El tiempo pasó y los años se sumaron y Roberto pisó los 45. Aunque había dominado el arte de engañar a su incapacidad de llegar a tiempo a las cosas, como llegando a horario a su trabajo casi la mayor parte del tiempo o pagando las deudas antes que venzan o juntándose con amigos a tomar algo en el bar con significativa periodicidad; Nunca había podido engañar el encuentro amoroso. Lo intentó inventando una cita con Claudia en un barsucho de barrio. Una morocha de ojos verdes y un cuerpo hecho a medida. Él llegó un día antes de lo previsto y ella estaba allí, esperándolo. Roberto hizo malabares agendando encuentros esporádicos. Con el tiempo se dio cuenta que Claudia no valía tanto esfuerzo. Fue igual con Roxana y con Silvia.

Cuando cumplió 46 recibió la llamada del abogado que alguna vez supo atender a Rosa, su madre. Le dijo que tenía un sobre de su madre y algunos objetos personales.

El sobre decía, en su dorso, ‹‹entregar a Roberto cuando cumpla 20››. Él no lo abrió. Aquello que tardó 26 años en llegar tal vez no merecía la pena abrirlo ahora. Tomó la caja de cartón que acompañaba el sobre y revolvió su interior. De esta salieron algunas fotos de la infancia. En una soplaba una vela con forma de número 6 sobre una torta de chocolate. En la inscripción decía ‹‹Mis 10 añitos››. Tomó el reloj de bolsillo que le supo regalar su abuelo. Aún funcionaba.

En el fondo de la caja encontró una hoja rayada titulada ‹‹Mis deseos en la vida››. El primero de ellos decía: Llegar a encontrar el amor de mi vida.

Leyó el resto de deseos. Sonrió y rompió la hoja.

Era verano. La semana había sido extremadamente calurosa y, para compensar, llovía brutalmente. Roberto esperaba el colectivo debajo del alero de la parada. Los autos pasaban a toda velocidad y pisaban los charcos salpicando a todos sin clemencia.

— ¿Sabe si el 20 ya pasó? — Le preguntó ella. El 20 ya había pasado. Ella no había llegado a tiempo y Roberto le invitó un café.

A tiempo

Final perfecto

Roberto canta a voz pelada “Un osito de peluche de Taiwán” ante un público que salta sincrónicamente. Su voz es majestuosa. El coro lo acompaña con entusiasmo en el estribillo y la multitud corea los finales de cada frase. Roberto mira entre el gentío y ahí está ella. Ese amor de secundaria. Su real y primer amor. Su único amor. El que dejó en el pasado junto a su corazón.

Vuelve el estribillo y ahora le canta a ella. Ella lo entiende y le regala un rubor; una sonrisa; una mirada enamorada.

Él toma la guitarra y alienta al auditorio a saltar. Comienza un solo. Se acerca al micrófono y le dice a ella esa frase que selló el primer beso. La conexión es total. Con ella, con la música, con la gente, con el todo.

A Roberto se le escapa una lágrima y anhela ese momento, aunque sepa que es solo una fantasía. Roberto mira las estrellas y quiere que ella lo rescate. Quiere más tiempo. El frio se apodera de él. El calor se le derrama por un costado en un río púrpura. El río recorre las baldosas, forma una cascada en el cordón de la vereda y se pierde en una boca de tormenta.

El ladrón limpia el puñal en una pegatina que ofrece prostitutas baratas. Se roba un par de zapatillas. Roberto pierde la esperanza de volver a verla y ruborizarla como hizo antes de darle el primer beso.

Final perfecto

Reflejo

Ante las necesidades biológicas no hay guapura. Hasta el más peludo y corpulento afloja en algún momento y yo necesitaba aflojar. Me excusé y a los saltitos llegué al paraíso de la ingeniería: La vejiga casi gana la pulseada.

Nada de lo anterior es realmente importante salvo si lo consideramos un encadenamiento de sucesos que me llevarían a descubrir otra verdad: Los innumerables cafés, las ganas de mear, la advertencia de mi compañero de mesa mediante su «tenga cuidado, que en el baño pasan cosas raras», el pararme para lavarme las manos y la trampa final: Mirarme al espejo.

Ya sabemos que los espejos de los baños son mágicos. El más común de sus encantamientos es el de vernos al revés. Otros como mostrarnos figuras fantasmales cuando la luz está apagada o asustarnos con movimientos involuntarios de nuestro reflejo cuando lo miramos fijamente son, aunque menos frecuentes, también conocidos.

De los menos conocidos están los que nos escribe palabras salidas de nuestro inconsciente materializadas con aliento y, como es en mi caso, el que muestra célebres figuras que nos hablan de realidades añoradas, proponiéndonos tratos para salir de diferentes entuertos. El mio (Mi entuerto) era escapar de Villa de la Triunfante Trinidad; de volver a la ruta.

El primero en aparecer, susurrándome, dulce, tentador, dijo que él podía sacarme de ese endemoniado pueblo. Que él había marcado el camino. Que lo había recorrido miles de veces. Que conocía cada recoveco del pueblo. Tanto lo conocía que él era el pueblo. Que para poder escapar tenía que recordar el pasado. Ese pasado que nos alcanza cuando tenemos miedo de enfrentarnos a lo desconocido. Que nos reconforta con imágenes de nuestra inocencia infantil. Cuando todo era más fácil y simple. Pero, por supuesto, que tendríamos que realizar grandes sacrificios. Que deberíamos dejar de pensar. Que masticaríamos odio y que se lo escupiríamos al mozo, porque él era el culpable de todo.

Tentado por la idea intenté aceptar, pero en el momento en que estaba por cerrar el trato, otra figura se manifestó. «¡No sea zonzo!» me dijo con una gran sonrisa blanca repleta de dientes. «¿No se da cuenta que le mienten?» me preguntó con gesto afable. Y me entró la duda.

Mire hacia adelante, que para poder salir de esta la respuesta está en el futuro. Nada de aferrarse a lo que ya se vivió, que por eso se vivió. Que habría tropiezos y caídas dolorosas, raspones, incluso algunos huesos rotos pero que todo mejorará con el tiempo. Que el secreto estaba en pedirle tantos cafés al mozo que no pudiera traer más. Que así se rompería el hechizo. Que si no me alcanzaba para pagarle por los cafés, él me prestaba. Que no me preocupara de eso. Que eramos amigos.

Quería creerle a los dos. Hice trato con los dos.

Uno se quedó con mi saco como adelanto por las molestias. El otro la billetera.

Los dos desaparecieron y yo seguí sin poder escapar de Villa de la Triunfante Trinidad.

Reflejo

Doble

Un haz de luz intentaba colarse por un hueco en la persiana. Débilmente golpeaba la alfombra mohosa. Unas motas lo atravesaban lacerándolo. Él se arrojó en el sillón victoriano y dejó caer sus brazos, pesados y peludos, sobre los apoyabrazos. Ese sillón rojo, desgastado por la transpiración, impregnado con olor a culo, era su trono, su lugar para ver el mundo.

Eran las 9 de la noche y Roberto estaba, como de costumbre, en calzoncillos y medias, listo para ver las noticias. Con el poder que le daba el control remoto, estrujó el botón de encendido con su dedo. El viejo televisor de tubo hizo un pitido y lentamente comenzó a entregarle imágenes. El haz de luz se vio opacado por el brillo artificial y desistió. A Roberto, la radiante luminiscencia lo confortaba.

¡Bienvenidos a este, su noticiero de las 9! Entre los temas de hoy… — Roberto se levantó con parsimonia. Abrió la heladera y, mirando la pantalla de reojo, sacó medio salamín y una lata de cerveza. — Este es el mejor momento para comprar dólares — Dijo el presentador —cómo y por qué… — Una pausa forzada del conductor tratando de generar incertidumbre — te lo contamos en breve en un informe detalladísimo. Y además, seguimos de cerca la desaparición de Eugenia — Roberto trotó los pocos metros que lo separaban de su trono. Se sentó con entusiasmo y se inclinó hacia la pantalla como un chico que quiere ser asombrado por el truco del mago en un cumpleaños. — ¡Pero antes!… un nuevo accidente en plena Panamericana… dos motos y un auto. Los que iban en moto fallecieron. —

Pelotudos — Dijo Roberto con voz gutural, sin emoción y se tiró sobre el respaldar.

Roberto cabeceaba y el salamín hacía equilibrio entre sus dedos. El bramido de una moto sin silenciador rompió la burbuja cavernaria de Roberto. El caucho se derritió en el asfalto y en su agonía chilló. El golpe de metal contra lata fue seguido por el del casco contra el cemento: Alguien gritó algo.

Pelotudo — Balbuceó Roberto y cerró los ojos. El timbre lo hizo saltar. El salamín se perdió entre los pelos de la alfombra piojosa. Se asomó por la mirilla — ¿Si? — Preguntó.

Hola… sí, soy el vecino nuevo del frente… hubo un accidente ¿Me presta el teléfono? El mío se me quedó sin batería — A Roberto no le gustaba ese tipo o, mejor dicho, a Roberto no le gustaba ningún tipo, pero este le gustaba menos. Tal vez era el peinado engominado, o la corbata, o lo brilloso de los zapatos. Algo se movió en la pieza del fondo.

¡No anda! ¡Eh, no tengo! — Respondió Roberto y cerró la tapita de la mirilla. Y al galope se metió por la puerta de la última pieza.

¡Urgente! Nos informan de un accidente fatal, el conductor de una moto… — Roberto salió de la pieza cerrándola con llave. Se paró frente al televisor y suspiró con desaprobación, sacudiendo la cabeza decepcionado. Movió ligeramente la persiana con los dedos y miró el espectáculo de luces y sonidos y curiosos. Dos enfermeros subían al motociclista a la camilla mientras que un grupo de policías trataba de espantar al mosquerío. — ¡Pero que pelotudo! —

¡Volvemos a estudios! — Se escuchó de fondo — Este es un caso que tiene en vilo a toda la ciudad — Dijo el periodista — la desaparición de Eugenia, esta chica de 18 años — Roberto soltó todo y corrió a sentarse. Era la noticia que esperaba. La pantalla parpadeó un instante. Alguien golpeó la puerta con fuerza. A Roberto solo le interesaba la noticia. Nuevamente los golpes en la puerta y un “¿Hola?”. Roberto miró de reojo, bufó y se paró con desidia.

¿Qué quiere? — Gritó, mientras caminaba hacia la puerta, pero no hubo respuesta. Corrió la tapa de la mirilla y clavó un ojo amenazador: Era la policía.

Detrás de la policía, sobre la calle, un grupo de vecinos chismosos se diluía en procesión. Solo el nuevo se mantenía de pié, quieto, a unos pasos detrás de los agentes.

Es la policía — Le respondieron — Queríamos hacerle unas preguntas. ¿Abre? — Roberto puso la cadenilla y abrió ligeramente la puerta.

¿Qué? — Arrojó, despectivo, impulsado por un movimiento de cabeza.

Como sabrá, hubo un accidente. ¿Usted vio algo? ¿Escuchó alg… —

No, no vi ni escuché nada. — Interrumpió secamente. Los oficiales lo miraron de arriba a abajo. Uno se inclinó ligeramente tratando de ver por entre medio de la puerta y Roberto lo detuvo con un “¿Qué?”. Los dos agentes se despidieron con un desconfiado “gracias” y Roberto cerró la puerta. En ese preciso instante le pareció que el engominado vecino lo miraba sombrío.

— … me ponés la imagen de la cámara de nuevo? — Le preguntaba el periodista a un asistente invisible. — Ahí la tienen, esa es la última imagen en la que se ve a Eugenia — La imagen, tomada desde una cámara cenital de seguridad, mostraba a Eugenia caminando en la noche y una figura antropomórfica unos pasos detrás. La imagen se deformaba en la figura y la hacía irreconocible. Roberto gesticuló un intento de sonrisa.

El pitido de la señal de ajuste despertó a Roberto. Tenía la boca seca. Se levantó con pereza, se restregó los ojos mientras caminaba hacía la heladera. En el camino pisó el salamín y se frenó en seco. Su cara de susto. Se había olvidado de algo. Con rapidez recogió el salamín, lo picó groseramente, tomó un poco de pan mohoso de una bolsa y sirvió un vaso de agua. Colocó desordenadamente todo en un plato usado que agarró de la bacha y se dirigió a la última habitación. Abrió la puerta y dejó el plato y el vaso en el suelo. Volvió a la cocina, se apoyó con las dos manos en la mesada y suspiró.

Iba por el cuarto vaso de agua cuando el ruido de unos pasos en el techo lo sobresaltaron. Sostuvo la respiración y agudizó el oído. Algo corrió a toda velocidad hacía el fondo de la casa. Roberto tomó un cuchillo algo oxidado y corrió en la misma dirección. Abrió la puerta metálica que daba al patio trasero de la casa y, empuñando el cuchillo, corrió las cortinas plásticas que atajaban las moscas en los días calurosos. Algo lo miraba desde lo alto de la medianera del fondo. No podía ver la forma pero si sus los ojos brillantes y rojizos. Agitó el cuchillo en el aire y gritó una puteada. La forma no se amedrentó. Luego de unos segundos los dos fuegos se apagaron y desaparecieron por completo. Roberto entró, le puso llave a la puerta y, desde un rincón, sacó un palo metálico con el que la trabó. Volviendo hacia la cocina se detuvo un instante frente a la puerta de la habitación del fondo, giró la llave y dejó la puerta entre abierta. El brillo del televisor era su faro en la oscuridad. El sonido seco de unos golpes hicieron que el faro titubeara y Roberto se le unió. Dos nuevos golpes y Roberto avanzó cuidadosamente, tocando la pared, intentado buscar un apoyo. Sin siquiera respirar miró por el hueco de la persiana. El engominado vecino cruzaba la calle, abría la puertita del cerco de madera que limitaba la casa. En el umbral de la puerta se detuvo. Miró hacia la persiana y se diluyó en la oscuridad de la casa. La mirada traspasó la madera de la persiana, el vidrio de la ventana, los huesos de Roberto y se alojó en la médula. Esta se sacudió en señal de alerta y empujó a Roberto hacia la calle.

¿Qué mierda te pasa, pelotudo? — Le gritó — ¡Vení para acá si sos guapo! — Volvió a gritar. Esta vez agitando el cuchillo en el aire. Cuando Roberto se calmó ya estaba en medio de la calle, bañado por las mal mantenidas luminarias públicas. Miró para los costados y todo estaba en silencio. La bruma se levantaba próxima. La noche lo engullía todo. Solo los incautos y los jóvenes (A veces la misma cosa) veían en la noche algo placentero, algo para disfrutar. Usó el cinto para sostener el cuchillo y, en extremo silencio, cruzó el cerco. Le daría el susto de su vida y así, el vecino, sabría quién era Roberto. Se deslizó hasta una ventana y entornó los ojos tratando de ver en la oscuridad. La luz se encendió y el vecino entró a la habitación. Roberto se agachó pero sin dejar de mirar. El vecino tenía un aspecto descuidado: Encorvado, de tez pálida y semblante cadavérico.

Las luces no dejaban de titilar y Roberto hubiera jurado que ese ser se deslizaba en vez de caminar. Mientras se movía, Roberto pasó de una ventana a la otra, siempre siguiéndolo. Entró en otro cuarto, uno que se proyectaba hacia el fondo de la casa. La luz del fondo se encendió. Roberto tomó el cuchillo y, haciendo palanca con este, forzó una ventana y saltó dentro de la casa. La puerta por dónde el vecino se había escabullido estaba entre abierta. Roberto intentó abrirla pero la falta de aceite en los goznes le hizo entender que no sería una buena idea. Desde la abertura podía ver luz al fondo de un pasillo completamente oscuro. Una sombra sobre la pared le indicaba que allí estaba el vecino. La sombra cargaba algo con sus manos, la cargaba como se carga una bolsa grande y pesada. La sombra se hizo nítida y de ella florecieron brazos, piernas y una cabeza. La cabeza y cuello quedaron al descubierto y una boca babeante, de colmillos agudos se aferró a la yugular.

¡Eugenia! — Un grito mudo se escapó de la garganta de Roberto. Un grito acallado fue suficiente para que Eugenia cayera al suelo y el monstruo flotara a toda velocidad por el pasillo a la caza de Roberto. Un chillido le heló la sangre: Roberto había clavado el puñal en el costado de la bestia. Esto le dio el suficiente tiempo para que saltara por la ventana y corriera a ocultarse en su casa. Cerró la puerta con llave y arrastró su trono para usarlo de barricada. De nada sirvió. La puerta explotó y los pedazos volaron por los aires y Roberto voló con ellos dos metros hacia atrás por el pasillo. Tardó unos segundos en recuperar el sentido y cuando lo hizo vio la figura acercarse hacia él. Arrastrándose de espaldas llegó hasta la puerta de la habitación del fondo. Otro chillido cortó el aire y el engendro saltó hacia él.

¡Pelotudo! — Dijo Roberto y pateó la puerta. El monstruo lo intuyó pero ya nada podía hacer. Unos tentáculos negros emergieron del umbral y tomaron al vampiro de sus extremidades arrastrándolo hacia una grotesca boca dentada. La puerta se cerró tras el último forcejeo y Roberto le puso llave.

¡Último momento! — El periodista se preparaba para dar una primicia — Eugenia ha aparecido y se encuentra fuera de peligro. Los médicos han dicho que se encuentra algo anémica pero ya la están tratando. Por otro lado, las autoridades siguen en la búsqueda de Julieta… — Roberto miraba la pantalla inclinado hacia adelante, con entusiasmo, una leve sonrisa afloró mientras cortaba un salamín.

Doble

“De los que creían” vuelve a Amazon

Allá por el 2013 salía la primera impresión de “De los que creían en la felicidad” de la mano de la editorial Tapa Dura (Hoy ya desaparecida, lamentablemente).

Fue mi primer novela corta publicada (No mi primer libro) por lo que se sentía un gustito diferente. Yo me quedé con algunas copias que he ido regalando con el tiempo, incluso hubo una época en la que se podía descargar gratuitamente en diferentes formatos.

El punto es que, entre diferentes motivos, hoy vuelve a estar disponible para ser adquirida desde Amazon.

No tenía pensado que se volvería a publicar, pero a cada uno de los que les entregué una copia, volvieron con buenos comentarios (Y también con observaciones). Por otro lado pienso que, al vivir en américa latina, el marco político y social actual es ideal para esta ficción. Una mirada de algo que puede ser.

Los invito a ojear las página de “De los que creían en la felicidad“. Pueden adquirirlo desde este link: https://www.amazon.com/dp/B00JOYWDS0

“De los que creían” vuelve a Amazon