La Carga–Tercera Parte

Continuamos con las dos partes anteriores de “La carga”.

Para leer las anteriores dos entregas, pueden leerlas aquí (Primera parte), y aquí (Segunda parte).

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La Carga–Tercera Parte

La carga–Segunda parte

Aquí va otra entrega de “La carga”. Cuento que he escrito para el concurso “La Historia la ganan los que escriben”.


Se miró la muñeca por instinto y recordó porqué sentía el brazo más liviano, «si esta mañana no hubiese dado semejante portazo», «si ese bruto entendiera». Aun escuchaba los gritos y recriminaciones.

– ¿Para qué haces todo esto? ¿Otra vez vas a viajar cincuenta kilómetros? ¿Cuándo vas a pensar en vos? – Pero él no entendía. Ese bruto.

– Lo hago por…

– ¡Vas a terminar muerta! Eso es lo que haces. – Se interpuso con un grito.

Y ella corrió hacia la puerta, como tantas otras veces y descargó todo el ahogo en la puerta de chapa.

Tuvo tiempo para tomar la bolsa, el monedero y las llaves. Si hubiese esperado un poco, habría tomado también el reloj y ahora sabría que faltaban unos minutos para la media noche.

 

La lluvia dio tregua. María barrió el piso de cemento con el pie y deshizo los charcos que se formaban en sus huecos para apoyar la bolsa.

Sin el peso adicional, recostada sobre el pilar, agachó la cabeza y descansó los ojos. El segundo llamado la devolvió de un sobresalto a la realidad.

– ¿La llevo? – El sonido se escuchaba lejano, apagado. Las estrellas habían desaparecido, el lado opuesto de la ruta no estaba. Una mole irreconocible se interponía entre ella y todo. Fue levantando la cabeza de a poco. Desde arriba una cara la miraba, cigarrillo en la boca, cachete inflado.

– ¿La llevo doña? – Apartó el cigarrillo y mostró una sonrisa amarillenta. – Mire que a esta hora ya no pasan los colectivos… ¿Hasta dónde va? –

La carga–Segunda parte

Cuentos de un viajante–Sucubo

Cuentos de un viajante” es un compendio de cuentos que giran en torno a un viajante (De esos que viajan), un gato traicionero, la muerte disfrazada con una galera y un mozo descomunal, todos, reunidos dentro de un bar en Villa de la Triunfante Trinidad.

Es uno de esos proyectos que vengo realizando desde hace bastante, pero que no he podido dedicarle el tiempo necesario. A pesar de ello, varios cuentos han salido a la luz, y aquí dejo uno de esos.


Súcubo

 

Ya había perdido la cuenta de los cafés que tomados. La noche no cambiaba, y el gato nos miraba desde afuera, a través del vidrio.

– No lo mire fijo al gato, que le lee el alma. – El mozo corrió la media cortina. Recogió algunos pocillos de las mesas y se perdió en la inmensidad del bar.

– Mire si será ladino ese gato. – Después de tantas horas de historias por parte de mi interlocutor no necesitaba preguntar, la historia saldría sin pedirla.

Aquellos que sufren por amor vienen a vivir a Villa de la Triunfante Trinidad. Pero no vienen porque sí, es porque algo los arrastra, los atrae.

Los que han perdido el alma, los que han quedado vacíos después de desencuentros amorosos, encuentran, aquí, con que llenar el hueco una vez más: Vienen por el café.

En el preciso momento en el que a un caballero de impecable conducta se le rompe el corazón (Porque esto solo es sufrido por hombres honestos), el gato negro se les aparece, a veces disfrazado de primera novia, parada en la esquina del frente. Otras veces de mirada de ojos almendrados en una multitud que lleva al desafortunado a tener un hálito de esperanza en parchar sus heridas.

En ese preciso momento, la víctima se lanza a la persecución del taimado gato disfrazado. Como un pez que ha mordido el anzuelo, el gato irá girando el carrete, de a poco.

A pesar del esfuerzo del hechizado por conseguir esos ojos, ese amor, el súcubo siempre estará una cuadra más adelante. Siempre cruza el semáforo en verde, poniéndose en rojo para la víctima. Subirá al subte justo cuando las puertas se cierren y la máquina arranque. Se trepará al único taxi disponible, llevándolo hacia la trampa.

La desenfrenada carrera termina cuando la visión del náufrago entra al bar, a este bar, y el desdichado detrás de esta.

Una vez dentro, agotado por la persecución, se sienta y pide una gaseosa, o agua, o tal vez algún jugo. Pero el mozo siempre responde lo mismo, que eso no tiene, que pida otra cosa, un simple: – ¡Solo hay café!

Algunos han llegado a señalar otras mesas mostrando que existe una gran variedad de bebidas, aunque con algo de temor por las posibles represalias del mozo. A pesar de esto la respuesta es siempre la misma: – ¡Solo hay café!

Se dice que una sola persona pudo convencer al mozo de que le traiga un cortado. Aunque luego le trajese un café argumentando: – ¡Solo hay café! – Y el cliente se lo tomase sin chistar y mirando para abajo.

Una vez que el café está en la mesa y el humo penetra en los pulmones del afligido, el embrujo se completa.

Tomará no solo uno, sino dos, tres o, incluso, hasta cuatro cafés. Pensando cada sorbo, masticando ideas, penas y soledad tras cada trago.

En ese preciso momento el tiempo se congela y el bebedor queda con el pocillo en la mano, sin moverse, mirando a lontananza, a un punto fijo, dentro del bar o a través del vidrio.

Otras veces, los ojos se les ponen acuosos y dejan correr alguna que otra lágrima por sus mejillas.

El mozo ha aprovechado esos milagros para guardarlas en unos frasquitos diminutos que solo muestra a aquellos que no han conocido el sufrimiento.

Cuentos de un viajante–Sucubo

La Carga–Primera Parte

Habiendo participado del concurso “La historia la ganan los que escriben” para el “Encuentro Federal de la Palabra 2015” (Y claramente no habiendo ganado), paso a dejar, en fragmentos, el cuento breve que escribí.

La carga

María se acurrucaba contra el último pilar de lo que fuera una garita de espera de colectivos. La noche, negrísima, se comía la luz del alumbrado público que bailoteaba desquiciada tras cada ráfaga de lluvia.

Acomodó la pesada bolsa. La puso sobre sus pies para que el agua que corría bajo ellos no la alcanzara. Con sus piernas y la pared le creó un refugio: La carga era más importante.

No recordaba una tormenta como esta. Interminable. O tal vez, el dolor en sus piernas, hinchadas de estar parada, había distorsionado el tiempo.

Podía asegurar que ya eran más de las diez y cuarto de la noche, «el último colectivo pasa a las diez», «estoy desde las nueve y media», se dijo un par de veces, «¡ya debe estar por venir!», se dio fuerzas y asomó la cabeza por el costado, mirando hacia la ruta. El agua, fría, le castigó los ojos y las redondas mejillas. María nunca había tocado ni visto nieve pero hubiese jurado que esto lo era.

Achicando los párpados fijó la mirada en la oscuridad, en dirección al pueblo. Distinguió en lo profundo la silueta de la despensa a la entrada del pueblo, la fila de abetos sacudidos por el viento y la entrada del camino de tierra que llevaba al matadero.

Dos bolas incandescentes irrumpieron en el horizonte. Se movían por la ruta, desde la salida del pueblo hacia la garita. Respiró aliviada. «¡Por fin! El colectivo ya viene» dijo en voz baja, queriendo compartir la alegría con un interlocutor invisible.

Unos minutos después, calculando la proximidad del colectivo, aferró la bolsa contra su pecho, zanjeó un charco de un salto y agitó la mano en lo alto para llamar la atención del conductor.

No se inmutó. Pasó a toda velocidad levantando una cortina de agua que terminó de empapar el último recoveco seco de María.

Cuando salió del estupor las luces rojas del automóvil se perdían en lontananza. Hubiese jurado que era el auto de Gonzales.

Gonzales. Ese viejo no hubiese salido a la ruta a estas horas, y mucho menos con esta tormenta. Seguro era su hijo que una vez más le había robado el auto para ir al baile. Una vez más.

La Carga–Primera Parte

Violencia de genero

Sus palabras.

Su sonido, cínico, me golpea. Todo lo que digo ella lo destruye con los «no sabés nada» y los «no sos nada».

El miedo a la represalia me enmudeció: Callo.

Parado, aquí arriba, comprendo. El silencio es mi aliado y mi maldición. «Papá, te quiero», me suele decir mientras me abraza Sebastián.

Pero el silencio es mi aliado. Aprendí a usarlo para defenderme, aunque no necesite defensas contra él. El silencio soy yo.

Como una garra sobre mi garganta, sus palabras me asfixian. Como una soga.

Parado aquí arriba, salto. La soga en mi cuello se tensa. Un chasquido. La silla se arrastra por el piso. Mi garganta carraspea.

Sinfonía que apaga, por fin, sus palabras.

Violencia de genero

Sí, el primer post

Como es costumbre, el primer post, el famoso “hola mundo” de las cosas, con una breve introducción.

Y como breve, me refiero a realmente breve.

Hace ya años que escribo, que he publicado algunos libros, una novela por allá, algunos cuentos por acá. Suelo participar de algunos concursos literarios y como muchos casos, no todos somos ganadores.

El detrás de este blog será, por lo tanto, publicar aquello que no llega de otra forma a los ojos de los lectores.

Sí, el primer post