La Carga–Primera Parte

Habiendo participado del concurso “La historia la ganan los que escriben” para el “Encuentro Federal de la Palabra 2015” (Y claramente no habiendo ganado), paso a dejar, en fragmentos, el cuento breve que escribí.

La carga

María se acurrucaba contra el último pilar de lo que fuera una garita de espera de colectivos. La noche, negrísima, se comía la luz del alumbrado público que bailoteaba desquiciada tras cada ráfaga de lluvia.

Acomodó la pesada bolsa. La puso sobre sus pies para que el agua que corría bajo ellos no la alcanzara. Con sus piernas y la pared le creó un refugio: La carga era más importante.

No recordaba una tormenta como esta. Interminable. O tal vez, el dolor en sus piernas, hinchadas de estar parada, había distorsionado el tiempo.

Podía asegurar que ya eran más de las diez y cuarto de la noche, «el último colectivo pasa a las diez», «estoy desde las nueve y media», se dijo un par de veces, «¡ya debe estar por venir!», se dio fuerzas y asomó la cabeza por el costado, mirando hacia la ruta. El agua, fría, le castigó los ojos y las redondas mejillas. María nunca había tocado ni visto nieve pero hubiese jurado que esto lo era.

Achicando los párpados fijó la mirada en la oscuridad, en dirección al pueblo. Distinguió en lo profundo la silueta de la despensa a la entrada del pueblo, la fila de abetos sacudidos por el viento y la entrada del camino de tierra que llevaba al matadero.

Dos bolas incandescentes irrumpieron en el horizonte. Se movían por la ruta, desde la salida del pueblo hacia la garita. Respiró aliviada. «¡Por fin! El colectivo ya viene» dijo en voz baja, queriendo compartir la alegría con un interlocutor invisible.

Unos minutos después, calculando la proximidad del colectivo, aferró la bolsa contra su pecho, zanjeó un charco de un salto y agitó la mano en lo alto para llamar la atención del conductor.

No se inmutó. Pasó a toda velocidad levantando una cortina de agua que terminó de empapar el último recoveco seco de María.

Cuando salió del estupor las luces rojas del automóvil se perdían en lontananza. Hubiese jurado que era el auto de Gonzales.

Gonzales. Ese viejo no hubiese salido a la ruta a estas horas, y mucho menos con esta tormenta. Seguro era su hijo que una vez más le había robado el auto para ir al baile. Una vez más.

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