Abrahel

Hace unos meses atrás comencé a escribir una nueva novela. A diferencia de “De los que creían en la felicidad”, donde el corazón del relato es la crítica social, sin tiempo ni lugar particular, en Abrahel busqué centrarme en acontecimientos históricos locales (Córdoba y región), torcerlos un poco, y transformarlos en una historia de miedo.

Como muchos proyectos a los cuales no se les puede dedicar todo el tiempo disponible, Abrahel ha ido tomando forma y de a poco se va completando, acercándose a su conclusión.

Pero, como aún va a tomar algo de tiempo, no solo terminar sus páginas, si no volver a revisar, recortar, corregir, arreglar, y un largo, pero muy largo etcétera, voy a dejar una pequeña introducción (Algo que había colocado hace ya bastante tiempo pero no en el blog), para que puedan descargarse y leer.

Por supuesto, tiene errores, fallas, y esos detalles que deben ser arreglados, aunque siempre sirve para entender de que va todo y dejarnos con un poco de ganas de seguir leyendo.

Puedes descargarte las versiones PDF, ePub o Mobi desde aquí: http://abrahel.azurewebsites.net/

Abrahel

La Carga–Última Parte

Llegamos a la última parte de “La carga”. Para leer las anteriores entregas, puedes ingresar aquí: Primera parte, segunda, tercer y cuarta.


Después de varias manzanas recorridas. A pocas más de llegar a la intersección que se dirige hacia el centro del pueblo y la salida del mismo, María se inclinó hacia adelante, achicó los ojos forzando la vista y señaló con el índice. – ¡Ahí! ¿Me puede dejar en el cruce?

– ¿No quiere que la lleve hasta su casa? – Respondió con amabilidad.

– Vivo aquí cerca. Además ya no llueve… y ya hizo mucho.

Ramiro asintió con la cabeza. Disminuyó la velocidad por completo mientras se acomodaba a un costado de la ruta.

Los dos se bajaron del camión. Ramiro sacó la bolsa del contenedor. Se despidieron. Desde el camión él la observó alejarse hasta que desapareció doblando una esquina.

Revolvió el bolsillo y sacó las llaves. Tanteó la cerradura en la oscuridad y con sigilo giró la llave. La puerta volvió a quejarse por el óxido y la falta de aceite en sus bisagras, pero su clamor fue opacado por los ronquidos provenientes del dormitorio. Empujó con más cuidado la puerta, «mejor no despertarlo» pensó, y la cerró. Unos cuantos pasos más y llegó a la cocina. Abrió la heladera y acomodó algunas latas tumbadas haciendo espacio para la bolsa. Fue hacia el dormitorio, estaba rendida. En el trayecto, sobre la mesa del comedor, el reloj. Lo tomó y lo apuntó hacia la claridad que entraba por la ventana. Esperó que sus ojos se adaptaran a la penumbra, «¡las dos!» lamentó.

Al pie de la cama se quitó los zapatos y se acurrucó, vestida, en lo que quedaba de la cama de plaza y media. Miró por última vez el reloj y lo dejó sobre la mesa de luz. Parpadeó un par de veces, prologando el último. Al abrirlos, el canto del gallo se escuchaba a lo lejos y el sol se asomaba por la ventana. Estiró la mano y miró el reloj que marcaban las seis.

Expulsada de la cama, se calzó los zapatos y se estiró y sacudió el barro seco de la ropa. Llegó hasta la puerta y durante unos segundos contempló a su marido que seguía roncando. No tenía tiempo para reclamos; tal vez no notarla había sido lo mejor.

Un aroma a pasto y tierra se habían colado a través de una ventana mal cerrada durante la noche. Junto con los olores, un caudal importante de agua había recorrido el comedor hasta la cocina, formando un notable estancamiento de agua que María terminó pisando, salpicando todo a su alrededor. Sin otra reacción que un depresivo suspiro, sacó la bolsa de la heladera y salió.

Tocó el timbre. Una apresurada celadora le abrió la puerta. Hubo un breve saludo antes que María franqueara la puerta.

Ya sobre la amplia mesa de madera de la cocina, desenvolvió el paquete y separó carne de verduras. Contó las piezas, hizo algunos cálculos mentales. Todo parecía estar en su lugar.

– ¿Cómo le fue? – Preguntó finalmente la celadora, mientras giraba la llave en la cerradura.

– Como siempre. – María dejaba ver su agotamiento.

– ¿Ya sabe lo de mañana? Van a venir… – El estruendo provocado por las campanadas marcando el ingreso de los alumnos opacó las palabras de la celadora.

Desde el ventanal de la cocina, María perdió la mirada y sus pensamientos en el hormiguear de los blancos guardapolvos que buscaban sus lugares en las filas. Cruzó la vista con el mástil, el sendero abierto hacia este, y el grupo de chicos que caminaban sosteniendo la bandera. Esperó, inmutable, mientras ataban cada cinta al alambre. Entonó el himno en silencio. Cuando el último de los alumnos desapareció de su vista, se apartó de la ventana.

– María, Ana, buenos días. – Desde el otro extremo de la cocina la directora se acercaba velozmente. – ¿Todo en orden?

– Sí, todo en orden. – Y acompaño la afirmación con un gesto, como exponiendo las mercaderías de la mesa.

– Bien. Con esto nos alcanza… por lo menos para hoy. – Interrumpió la mirada con María. – Ya sabemos que tiene que hacer el mismo viaje cada dos días, y no le pediría esto si realmente no nos afectara. – Continuó esquivando el contacto visual. – De verdad que me apena, pero mañana ingresan cinco chicos más y no creo que nos alcance lo que tenemos para poder darles de comer. Si usted pudiera ir hoy, de nuevo, y hacer unas compras adicionales. – La miró a los ojos nuevamente. Su cara refulgía de vergüenza.

Una y otra vez la misma idea pasó por la mente de María; la voz de su esposo retumbaba con el «¿para qué haces todo esto?», «¿cuándo vas a pensar en vos?». Pero ella solo pensaba en ellos, y las imágenes que vivió desde la ventana silenciaron lo mordaz de las preguntas.

– ¡Sí! Puedo. – Dijo. «Lo hago por ellos», respondió.

La Carga–Última Parte

La Carga–Cuarta Parte

Continuando con este cuento, vamos con la cuarta parte (Falta poco).


Levantó la cabeza velozmente y aspiró profundamente. No estaban viajando; sin ruido a motor; sin bamboleos.

Limpió el parabrisas empañado con la toalla. Estaban detenidos frente a una estación de servicios.

El pánico la colmó. Un rayo frío corrió por su espalda y sintió nauseas. Se tocó el regazo. Miró detrás del asiento. Tanteó en la oscuridad y solo encontró los mismos trapos usados. Barrió debajo del asiento con sus manos: Nada.

La bolsa había desaparecido y esta se había llevado consigo el color de la cara de María. Desesperada manoteó el picaporte de la puerta. El viento chifló. Se metió dentro de la cabina y empujó la puerta bruscamente. María, aun agarrada al picaporte salió despedida y termino de espaldas en el barro.

Sin percatarse del accidente, se reincorporó y caminó uno metros en dirección a las luces de la estación.

– María ¿A dónde va? – Le gritaron desde atrás.

Giró hacia la voz. Los ojos cegados por el brillo de las luces de la estación no distinguieron más que una forma al costado del camión.

Ramiro repitió la pregunta, «¿a dónde va?», y María, como un toro cegado por la muleta del matador, lo embistió. Lo tomó por el cuello de la camisa con furia y desahogó su aflicción con preguntas «¿dónde está?», «¿dónde la escondió?», «¿es mía?».

– ¡Cálmese! – Atinó a responder.

Pudo haber sido la expresión de asombro en la cara de Ramiro o el haber liberado toda la tensión en un instante. Cualquiera fuese el motivo, hizo que María soltara la camisa de Ramiro y retrocediera unos pasos. Lo miró a los ojos, implorando una respuesta, e insistió con un «¿dónde está?».

– ¡Cálmese! Solo quiero ayudar… – Intentó calmarla. – … ya llegamos a Corzuela, y… como se había dormido… bueno… yo no quise despertarla. – Ramiro entendió la impaciencia en los ojos de María. – ¡En fin! Miré lo que tenía en la bolsa, y pensé que era mejor si la pasaba atrás. Por las dudas. – Dejó pasar unos segundos y luego le sonrió con amabilidad.

– Disculpe… por lo de la camisa. – Respondió sin quitar la expresión de severidad de la cara.

– No se preocupe. Mejor sigamos viaje. – Subieron al camión. Ramiro giró la llave encendiendo el motor para luego pasarle un vaso de plástico. – ¡Tome! Le compré un café.

Cerca de la una y media de la mañana, Ramiro disminuía la velocidad y se encontraba con el prolongado zigzag que describe la entrada a Campo Largo.

Durante el corto viaje desde Corzuela, los dos intercambiaron algunas palabras. Así, Ramiro conoció el motivo de la carga, la pelea matutina de María y su esposo, los viajes que debía realizar cada dos días, los meses que llevaba haciéndolos.

María, por su parte, supo que Ramiro jamás tomaba este tramo de la noventa y cuatro, que había auxiliado al chofer de un colectivo llevándolo hasta Charata y que este le comentó sobre un pasajero que, con frecuencia, abordaba a la salida de Las Breñas.

La Carga–Cuarta Parte