La Carga–Cuarta Parte

Continuando con este cuento, vamos con la cuarta parte (Falta poco).


Levantó la cabeza velozmente y aspiró profundamente. No estaban viajando; sin ruido a motor; sin bamboleos.

Limpió el parabrisas empañado con la toalla. Estaban detenidos frente a una estación de servicios.

El pánico la colmó. Un rayo frío corrió por su espalda y sintió nauseas. Se tocó el regazo. Miró detrás del asiento. Tanteó en la oscuridad y solo encontró los mismos trapos usados. Barrió debajo del asiento con sus manos: Nada.

La bolsa había desaparecido y esta se había llevado consigo el color de la cara de María. Desesperada manoteó el picaporte de la puerta. El viento chifló. Se metió dentro de la cabina y empujó la puerta bruscamente. María, aun agarrada al picaporte salió despedida y termino de espaldas en el barro.

Sin percatarse del accidente, se reincorporó y caminó uno metros en dirección a las luces de la estación.

– María ¿A dónde va? – Le gritaron desde atrás.

Giró hacia la voz. Los ojos cegados por el brillo de las luces de la estación no distinguieron más que una forma al costado del camión.

Ramiro repitió la pregunta, «¿a dónde va?», y María, como un toro cegado por la muleta del matador, lo embistió. Lo tomó por el cuello de la camisa con furia y desahogó su aflicción con preguntas «¿dónde está?», «¿dónde la escondió?», «¿es mía?».

– ¡Cálmese! – Atinó a responder.

Pudo haber sido la expresión de asombro en la cara de Ramiro o el haber liberado toda la tensión en un instante. Cualquiera fuese el motivo, hizo que María soltara la camisa de Ramiro y retrocediera unos pasos. Lo miró a los ojos, implorando una respuesta, e insistió con un «¿dónde está?».

– ¡Cálmese! Solo quiero ayudar… – Intentó calmarla. – … ya llegamos a Corzuela, y… como se había dormido… bueno… yo no quise despertarla. – Ramiro entendió la impaciencia en los ojos de María. – ¡En fin! Miré lo que tenía en la bolsa, y pensé que era mejor si la pasaba atrás. Por las dudas. – Dejó pasar unos segundos y luego le sonrió con amabilidad.

– Disculpe… por lo de la camisa. – Respondió sin quitar la expresión de severidad de la cara.

– No se preocupe. Mejor sigamos viaje. – Subieron al camión. Ramiro giró la llave encendiendo el motor para luego pasarle un vaso de plástico. – ¡Tome! Le compré un café.

Cerca de la una y media de la mañana, Ramiro disminuía la velocidad y se encontraba con el prolongado zigzag que describe la entrada a Campo Largo.

Durante el corto viaje desde Corzuela, los dos intercambiaron algunas palabras. Así, Ramiro conoció el motivo de la carga, la pelea matutina de María y su esposo, los viajes que debía realizar cada dos días, los meses que llevaba haciéndolos.

María, por su parte, supo que Ramiro jamás tomaba este tramo de la noventa y cuatro, que había auxiliado al chofer de un colectivo llevándolo hasta Charata y que este le comentó sobre un pasajero que, con frecuencia, abordaba a la salida de Las Breñas.

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