Grasa–El final

Impaciente, recorría la pequeña cocina de un lado al otro. La había caminado durante la última media hora al punto que, en la oscuridad absoluta, ya conocía cada uno de sus recovecos, baldosas sueltas, charcos de agua estancada, mangos de sartenes salientes y sacos de harina húmeda.

Con la excitación había olvidado mi tobillo, casi no sentía dolor. Me lo toqué por puro instinto: Estaba hinchado, acuoso. Busqué uno de los rincones que había imaginado ligeramente más limpio que el resto y me acurruqué. Si al monigote le quedaba algo de decencia no tardaría mucho en volver y comenzar con el trabajo rutinario del local. Podría sorprenderlo en ese momento.

El ruido de la puerta principal seguido de unos pesados pasos me despertó. Me había quedado dormido y el cocinero ya estaba aquí. Había perdido la oportunidad, la ventaja de la sorpresa, y era yo el sorprendido. Parado, me apreté más contra el rincón y el panadero pasó zumbando a mi lado. Las sombras me habían ayudado o simplemente no esperaba encontrar alguien dentro por lo que no prestó atención.

Desde mi esquina lo observé. Revolvía un cajón, luego otro. Ponía un recipiente sobre otro para devolverlos, al poco tiempo, a su lugar de origen. Tomaba un saco de harina de una pila y lo colocaba en otra.

Nada de este espectáculo me sorprendió. Incluso hubo un momento en que sentí algo de condescendencia para el pobre simio. Pero fue solo un instante minúsculo. El estruendo de un violento pedo que se habría paso de entre las nalgas del panadero revitalizó todo el odio que me había llevado hasta allí.

Emergí desde las sombras como una aparición fantasmagórica. Tomé el cuchillo de carnicero de la mesada y se lo clavé en la base del cuello. La primer estocada atravesó la carne, y las siguientes el hueso.

Retrocedí unos pasos mientras miraba al gordo revolcarse en el piso, intentando quitar mis palabras de su cuello. Gritó, gimió, pataleó y se retorció. Me quedé parado. Inmóvil, hasta que él también dejó de moverse.

El primer cliente llegó a las ocho. Preguntó por Jaime y le dije que estaba enfermo, que hoy lo remplazaba. Pidió media docena de facturas. Me contó otra de esas historias que a nadie le interesan — algo sobre el clima y lo caro que estaba todo —. Asentí a cada afirmación mientras respondía con mi mejor sonrisa — los clientes siempre tienen la razón y deben ser atendidos de la mejor manera —. Probó una de las facturas y por un momento su cara se llenó de sorpresa y gratitud.

— ¿Cambiaron de receta? — Había notado mi toque.

Respondí que teníamos un panadero nuevo, con más categoría. Agradeció por el manjar, pagó y se fue.

La campana del horno, avisándome que otra bandeja de facturas estaba lista, sonó. Mientras iba a la cocina el rostro feliz del primer cliente seguía en mi cabeza.

— El secreto de las medialunas está en la grasa — Dije con placer y tomando firmemente el cuchillo de carnicero, corté un generoso trozo de grasa del estómago del panadero y la mezclé con la harina: La masa para la siguiente tanda de facturas estaba lista.

Grasa–El final

Grasa–Tercera parte

Durante los siguientes treinta y dos kilómetros no pude quitarme la idea de la cabeza. «El cebo con patas no tenía motivos para amenazarme con el cuchillo» rumiaba entre dientes; «era mi derecho obtener facturas de calidad», me repetía; «¡Él me agredió, yo no hice nada malo!», y aprovechando un acople con una ruta rural, giré violentamente en u y comencé a deshacer los treinta y tantos kilómetros andados. «Yo le voy a enseñar», grité con fuerza y apreté hasta el fondo el pedal del acelerador. El motor rugió de tal manera que me volví uno con este. El ardor de la furia me corría por las venas. Pensaba en lo que le diría, sus respuestas y mis argumentos devastadores, sus gritos y llantos, yo humillándolo: Sí, yo le enseñaría.

Faltaban unos cientos de metros para llegar a la panadería. Ya era de noche y no se veían luces encendidas, «seguro que el gordo se había ido» pensé y aminoré la velocidad. Por precaución — quería tomar al panadero por sorpresa — estacioné el automóvil en un yuyal que había en la mano del frente al local y esperé. Tenía la esperanza que mi objetivo aún se encontrara dentro de su inmunda fábrica de engrudos, y que lo podría interceptar justo cuando saliera. Ahí, en ese preciso momento, yo saldría desde los yuyos y le haría saber todo lo que había planeado. Un banquete de insultos y argumentos devastadores.

Debo haber esperado una hora y el panadero no daba señales de vida. Las tenues luces del alumbrado público estaban atestadas de bichos que golpeaban sus cabezas, incansables, contra el vidrio protector. En su boxística danza dejaban escapar algunos rayos de luz, formando figuras de todo tipo contra la pared cremosa de la panadería. Vi, entre las sombras, cómo otros clientes habían vomitado las medialunas creadas por el panadero al morder restos de cucarachas, moscas, gusanos y hasta pelos. Las sombras también me mostraron cómo el gordo de delantal hacía pis o se rascaba el sobaco y, sin lavarse, seguía su faena sobre la masa. Otra me alertó sobre la puerta del fondo de la panadería que siempre quedaba sin llave, mientras una tercera me arengaba, susurrante, escurrirme por esa puerta y sorprender al panadero cuando regresase por la mañana. Una última me dijo que mis palabras debían ser filosas: Todo tenía sentido.

Salté la pared que dividía el patio trasero de la panadería y el baldío. Caí con fuerza lastimándome el tobillo derecho. El dolor fue insoportable. Quise gritar pero por miedo a que alguien pudiese escucharme e intentara arruinar mi plan, tragué el dolor, apreté los dientes y maldije. «No le ha bastado con darme de comer esa masa desagradable, si no que ahora, por su culpa, también me he lastimado», «¡Me las va a pagar!» repetí una y otra vez.

Me arrastré lenta y dolorosamente hasta la puerta que empujé con cuidado intentando que sus goznes no chillen. Cómo me habían advertido, la puerta no ofreció resistencia alguna y con solo apoyar mi mano se abrió completamente.

Una vez dentro evité prender las luces y caminé a tientas guiándome por los bordes ásperos de las paredes. Mis párpados abiertos a más no poder, como si de esa forma pudieran ver en la oscuridad.

Mientras palpaba la rugosidad cruzó por mi cabeza una imagen: El tremendo susto que se hubiera dado ese mequetrefe del uslero si hubiese encendido las luces y me encontrara, ahí, con mis ojos salidos de las órbitas, la boca abierta, cojeando, brazos estirados tratando de darle caza.

Seguramente hubiera salido corriendo, espantado, con los brazos en alto y chillando como una niña. O aún mejor, su corazón se hubiese congelado, cayendo muerto en ese preciso instante. «¡Sí! Ese hubiera sido un escarmiento, lo que realmente se merecía».

Grasa–Tercera parte

Grasa–Segunda Parte

Como decía, tal vez me encontrase con las mejores facturas de todos mis viajes, por lo que seguí, con paso firme, hacia el mostrador. Las facturas resultaron insultantes y mis ilusiones, infantiles.

Si el decepcionante espectáculo visual no hubiese sido suficiente, del otro lado del mostrador se preparaban para hacerme partícipe de una historia irrelevante. El panadero, pretendía, tontamente, contarme alguna hazaña que luego, con el paso del tiempo, había devenido en infortunio: Justificar su incapacidad para preparar un poco de masa y grasa.

Ya había escuchado ese preámbulo cientos de veces, siempre iniciaba con un «¿Sabe?» — típica entrada, sosa, sin muchos condimentos, intentando complacer al chef y no al comensal —, «Hace unos años» — seguida de un plato principal aburrido, carente de fuerza, perfecta combinación con una entrada sin profundidad — «yo tenía la mejor panadería de la zona» — una guarnición grandilocuente, de gran presentación visual, que destruía toda su magia una vez llegaba al paladar — «pero con la crisis, he tenido que usar productos… ¡ya sabe!… de menor calidad.» — con un cierre propio de un cocinero inexperto que justificaba su ineptitud —.

Mordí una de las facturas mientras asentía con mi cabeza, pretendiendo ser comprensivo y al mismo tiempo evitando cualquier reacción de mi parte que lo alentara a seguir hablando.

Mastiqué por segunda vez el trozo de masa que tenía en la boca. El sabor me taladró la lengua. Repugnancia. El engrudo salado salió cañoneado desde mi boca y se estampó en el delantal amarillento del mantecoso panadero.

— ¡Cómo se le ocurre vender semejante porquería! — Grité mientras aún me arrancaba pedazos de factura de la lengua. — ¿No se da cuenta que son horribles? — Esa era una entrada adecuada para un plato fuerte. Plato que vendría en breve, sin hacer esperar al crítico.

Me miró estupefacto, petrificado y yo me quedé, ese segundo eterno, esperando una reacción. Solo mi escupitajo, que se chorreaba cuesta abajo por la redondez de su panza, parecía no haber sido afectado por la suspensión momentánea de las leyes del espacio-tiempo.

Cabeceó y parpadeó con fuerza un par de veces queriendo comprender si lo que estaba viviendo era real, pero su diminuto cerebro lo anclaba.

Después de otro parpadeo — y mientras se me pintaba una sonrisa endiablada en el rostro — finalmente intentó esbozar una réplica. Intento que interrumpí con destreza magistral al taponearle la boca con la factura a medio comer que tenía en mi mano y un «¡a mí no me diga nada! ¿No sabe quién soy?», seguido de «¡esto es incomible!», mientras le revoleaba en la cara la segunda factura.

Su cara pasó del asombro a la furia. El color de su piel parecía la de un camarón luego de cocinarse: Rojo fulguroso.

— Sí… ya sé quién es… — Dijo apretando los dientes — … es el de la tele, el que sale en los programas de cocina. — Cómo ya comenté, mi fama me precedía.

Se limpió con desagrado la bola que seguía cayendo por su delantal y la catapultó hacía un costado. Brazos, estómago y papada se estremecieron gelatinosamente. — ¡Váyase de acá antes que lo mate! — Y de entre las ropas sacó un cuchillo de carnicero. Nada que me asombrase dadas sus cualidades para la panadería.

Inteligentemente de mi parte, noté que estaba en desventaja y que este cavernícola de las harinas no se conformaría con un duelo de caballeros; con palabras y razonamiento. En todo caso el duelo, el monigote lo tenía perdido: Yo tenía razón. Razón que siempre había prevalecido cuando se trataba de aprendices como este o como los que asistían a mis cursos y eventos.

La torre de lípidos blandió el cuchillo en el aire de manera amenazante. Temí por mi integridad física por lo que di media vuelta y fui, ligero, hasta la puerta. Justo en ese momento, un adoquín panificado me pegó certeramente en la cabeza y un «¡que ni se te ocurra volver, caradura!» resonó en el aire.

Grasa–Segunda Parte

GRASA

chefArrancamos otra serie de post semanales y en esta oportunidad, un cuento con un final… suculento.

Grasa

En mis viajes por el interior del país me he encontrado con toda clase de historias contadas por todo tipo de personas: Desde locos que han visto demasiado hasta extremadamente cuerdos que no han salido, jamás, de su casa.

Cada uno con una historia esperando impregnar un oído, dejando una cicatriz en la conciencia del receptor.

Han habido aquellas que son inverosímiles, superficiales, incluso mezquinas, que solo les interesa al que las cuenta. Y están las otras, las que no molestan, las que vivifican y enriquecen al que las escucha: Mis historias, esas sí que dan vida.

Pero como muchas de estas historias, como eso que está destinado a nutrir pero que aún es una suerte de componentes sueltos, sin sentido por separados, requiere de la mano, el intelecto y la visión que las llevará a la excelencia, que la saque de lo insulso: Requieren de alguien como yo.

Esta es, entonces, una de esas historias que sin mi mano, sin mi intervención, hubiesen pasado desapercibidas y se hubieran perdido para siempre.

 

Todo comenzó cuando paré a comparar un par de facturas con dulce de leche en plena ruta 36. Tal vez no debí haber entrado al lugar, dar media vuelta y seguir viaje. No había nada en los vidrios roñosos, en esas paredes micóticas, o en la grasitud del panadero que alentasen a llevarse algo a la boca y aún menos, en las escuetas posibilidades de elección detrás de la vitrina.

Y es que nunca fui alguien que le importase mucho lo que comía ni tampoco de donde procedía esa comida. Había estado en antros comiendo la mejor milanesa con papas fritas del mundo, y en monoambientes con un mozo para cada tarea en el ballet gastronómico. Uno para completar la copa de vino justo en la marca media del vidrio, otro para el agua, y hasta uno para atosigarte a preguntas sobre el estado del pedazo de suela disfrazada de «Ojo de Bife de Aberdeen Angus a l’vin rouge» — así, con mayúsculas y en francés — que te habían puesto sobre la porcelana italiana.

GRASA