Grasa–Segunda Parte

Como decía, tal vez me encontrase con las mejores facturas de todos mis viajes, por lo que seguí, con paso firme, hacia el mostrador. Las facturas resultaron insultantes y mis ilusiones, infantiles.

Si el decepcionante espectáculo visual no hubiese sido suficiente, del otro lado del mostrador se preparaban para hacerme partícipe de una historia irrelevante. El panadero, pretendía, tontamente, contarme alguna hazaña que luego, con el paso del tiempo, había devenido en infortunio: Justificar su incapacidad para preparar un poco de masa y grasa.

Ya había escuchado ese preámbulo cientos de veces, siempre iniciaba con un «¿Sabe?» — típica entrada, sosa, sin muchos condimentos, intentando complacer al chef y no al comensal —, «Hace unos años» — seguida de un plato principal aburrido, carente de fuerza, perfecta combinación con una entrada sin profundidad — «yo tenía la mejor panadería de la zona» — una guarnición grandilocuente, de gran presentación visual, que destruía toda su magia una vez llegaba al paladar — «pero con la crisis, he tenido que usar productos… ¡ya sabe!… de menor calidad.» — con un cierre propio de un cocinero inexperto que justificaba su ineptitud —.

Mordí una de las facturas mientras asentía con mi cabeza, pretendiendo ser comprensivo y al mismo tiempo evitando cualquier reacción de mi parte que lo alentara a seguir hablando.

Mastiqué por segunda vez el trozo de masa que tenía en la boca. El sabor me taladró la lengua. Repugnancia. El engrudo salado salió cañoneado desde mi boca y se estampó en el delantal amarillento del mantecoso panadero.

— ¡Cómo se le ocurre vender semejante porquería! — Grité mientras aún me arrancaba pedazos de factura de la lengua. — ¿No se da cuenta que son horribles? — Esa era una entrada adecuada para un plato fuerte. Plato que vendría en breve, sin hacer esperar al crítico.

Me miró estupefacto, petrificado y yo me quedé, ese segundo eterno, esperando una reacción. Solo mi escupitajo, que se chorreaba cuesta abajo por la redondez de su panza, parecía no haber sido afectado por la suspensión momentánea de las leyes del espacio-tiempo.

Cabeceó y parpadeó con fuerza un par de veces queriendo comprender si lo que estaba viviendo era real, pero su diminuto cerebro lo anclaba.

Después de otro parpadeo — y mientras se me pintaba una sonrisa endiablada en el rostro — finalmente intentó esbozar una réplica. Intento que interrumpí con destreza magistral al taponearle la boca con la factura a medio comer que tenía en mi mano y un «¡a mí no me diga nada! ¿No sabe quién soy?», seguido de «¡esto es incomible!», mientras le revoleaba en la cara la segunda factura.

Su cara pasó del asombro a la furia. El color de su piel parecía la de un camarón luego de cocinarse: Rojo fulguroso.

— Sí… ya sé quién es… — Dijo apretando los dientes — … es el de la tele, el que sale en los programas de cocina. — Cómo ya comenté, mi fama me precedía.

Se limpió con desagrado la bola que seguía cayendo por su delantal y la catapultó hacía un costado. Brazos, estómago y papada se estremecieron gelatinosamente. — ¡Váyase de acá antes que lo mate! — Y de entre las ropas sacó un cuchillo de carnicero. Nada que me asombrase dadas sus cualidades para la panadería.

Inteligentemente de mi parte, noté que estaba en desventaja y que este cavernícola de las harinas no se conformaría con un duelo de caballeros; con palabras y razonamiento. En todo caso el duelo, el monigote lo tenía perdido: Yo tenía razón. Razón que siempre había prevalecido cuando se trataba de aprendices como este o como los que asistían a mis cursos y eventos.

La torre de lípidos blandió el cuchillo en el aire de manera amenazante. Temí por mi integridad física por lo que di media vuelta y fui, ligero, hasta la puerta. Justo en ese momento, un adoquín panificado me pegó certeramente en la cabeza y un «¡que ni se te ocurra volver, caradura!» resonó en el aire.

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