Grasa–Tercera parte

Durante los siguientes treinta y dos kilómetros no pude quitarme la idea de la cabeza. «El cebo con patas no tenía motivos para amenazarme con el cuchillo» rumiaba entre dientes; «era mi derecho obtener facturas de calidad», me repetía; «¡Él me agredió, yo no hice nada malo!», y aprovechando un acople con una ruta rural, giré violentamente en u y comencé a deshacer los treinta y tantos kilómetros andados. «Yo le voy a enseñar», grité con fuerza y apreté hasta el fondo el pedal del acelerador. El motor rugió de tal manera que me volví uno con este. El ardor de la furia me corría por las venas. Pensaba en lo que le diría, sus respuestas y mis argumentos devastadores, sus gritos y llantos, yo humillándolo: Sí, yo le enseñaría.

Faltaban unos cientos de metros para llegar a la panadería. Ya era de noche y no se veían luces encendidas, «seguro que el gordo se había ido» pensé y aminoré la velocidad. Por precaución — quería tomar al panadero por sorpresa — estacioné el automóvil en un yuyal que había en la mano del frente al local y esperé. Tenía la esperanza que mi objetivo aún se encontrara dentro de su inmunda fábrica de engrudos, y que lo podría interceptar justo cuando saliera. Ahí, en ese preciso momento, yo saldría desde los yuyos y le haría saber todo lo que había planeado. Un banquete de insultos y argumentos devastadores.

Debo haber esperado una hora y el panadero no daba señales de vida. Las tenues luces del alumbrado público estaban atestadas de bichos que golpeaban sus cabezas, incansables, contra el vidrio protector. En su boxística danza dejaban escapar algunos rayos de luz, formando figuras de todo tipo contra la pared cremosa de la panadería. Vi, entre las sombras, cómo otros clientes habían vomitado las medialunas creadas por el panadero al morder restos de cucarachas, moscas, gusanos y hasta pelos. Las sombras también me mostraron cómo el gordo de delantal hacía pis o se rascaba el sobaco y, sin lavarse, seguía su faena sobre la masa. Otra me alertó sobre la puerta del fondo de la panadería que siempre quedaba sin llave, mientras una tercera me arengaba, susurrante, escurrirme por esa puerta y sorprender al panadero cuando regresase por la mañana. Una última me dijo que mis palabras debían ser filosas: Todo tenía sentido.

Salté la pared que dividía el patio trasero de la panadería y el baldío. Caí con fuerza lastimándome el tobillo derecho. El dolor fue insoportable. Quise gritar pero por miedo a que alguien pudiese escucharme e intentara arruinar mi plan, tragué el dolor, apreté los dientes y maldije. «No le ha bastado con darme de comer esa masa desagradable, si no que ahora, por su culpa, también me he lastimado», «¡Me las va a pagar!» repetí una y otra vez.

Me arrastré lenta y dolorosamente hasta la puerta que empujé con cuidado intentando que sus goznes no chillen. Cómo me habían advertido, la puerta no ofreció resistencia alguna y con solo apoyar mi mano se abrió completamente.

Una vez dentro evité prender las luces y caminé a tientas guiándome por los bordes ásperos de las paredes. Mis párpados abiertos a más no poder, como si de esa forma pudieran ver en la oscuridad.

Mientras palpaba la rugosidad cruzó por mi cabeza una imagen: El tremendo susto que se hubiera dado ese mequetrefe del uslero si hubiese encendido las luces y me encontrara, ahí, con mis ojos salidos de las órbitas, la boca abierta, cojeando, brazos estirados tratando de darle caza.

Seguramente hubiera salido corriendo, espantado, con los brazos en alto y chillando como una niña. O aún mejor, su corazón se hubiese congelado, cayendo muerto en ese preciso instante. «¡Sí! Ese hubiera sido un escarmiento, lo que realmente se merecía».

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