Monarca

Temprano, tarde. No hacía frio, tampoco calor. La verdad que no se sentía nada. Tampoco se veía nada.

Juro que tenía los ojos abiertos a más no poder, pero no veía nada; ni mis manos, ni mis pies, y eso que juraría que los moví, que los sacudí con violencia.

No se veía el color. Recordaba el color negro, pero esto no era eso. ¿Cómo describir un no color? Tampoco era el vacío, por lo menos estaba yo.

Quise tocarme la cara, juro que lo quise, que lo intenté. Esa sensación eléctrica que recorre las extremidades antes de que comiencen a moverse estaba allí, supe que estaba allí; pero no toqué nada. Ni cara, ni dedos, ni nariz, nada. Hoy no podría asegurar que realmente moví alguna extremidad.

¿Dónde estaba? ¿Qué hora era? Por lo menos podía hacerme preguntas: Estaba consciente.

Llegaría tarde al trabajo, el maletín estaba revuelto, la ropa que no había planchado, las cuentas por pagar, el alquiler que se aproximaba. Un alquiler excesivo por una habitación en un segundo piso.

Tenía más miedo por las cosas cotidianas que por no saber dónde estaba.

 

Raúl se despertó boca arriba, asustado. El colchón había sufrido una inundación de transpiración maloliente. Pero no había sido eso lo que había sacudido su sueño.

Se sentía extraño, distinto, algo había cambiado. La luz entró por la ventana y lo apuñaló directo en las córneas. Con un acto reflejo se acurrucó y trató de arrastrarse debajo de la almohada. Tembló y contoneó su cuerpo, moviéndose solo un par de centímetros.

Volteó hacia la luz. Esta no lo lastimaba, no le quemaba la piel. Estiró uno de los brazos queriendo tocarla. Y allí descubrió, en el contraste, sus dedos: Los contempló perplejo.

 

Intenté moverme, sacudir lo que consideraba mi cuerpo. Me retorcí para un lado y para el otro. Mi cuerpo vibró, pero no por mi movimiento: Era ruido que recorría mi cuerpo. No podía escuchar, pero sí sentir el sonido.

Volví a sacudirme violentamente y un “crack” corrió de punta a punta por todo mí ser. Cerré los ojos (O eso creí) y al abrirlos, una luz se filtraba detrás de mí. Podía sentir el calor, podía casi saborearlo.

Otro esfuerzo descomunal y la grieta se expandió más y más luz tocó mi cuerpo. Sentía la necesidad demencial de empujar, de ir hacia esa luz, hacia el calor: Poder ver.

Empujé como nunca hasta que me liberé. La luz intensa no dejaba verme, pero ya sentía, sabía que estaba fuera, que había conseguido aquello que tanto anhelaba.

Un sacudón final y el remolino del viento se movió por mi estómago y sentí que flotaba.

 

Raúl miró entre sus dedos enfocando el ventanal por donde entraba la luz del sol. Allí estaba, una monarca, desplegando sus alas, queriendo realizar su primer vuelo después de la costosa metamorfosis: ¿Quién más que él podría saberlo?

Quiso acompañarla en su vuelo inicial. Acercarse a ella. Parado y desnudo al borde de la cama hizo una pirueta y terminó con la cara en el piso: ¿Dónde estaban sus alas?

Extendió el brazo hacia la monarca en señal de ayuda. Pidiendo una limosna que lo ayudase a comprender.

 

Cuando mis ojos se adaptaron al fulgor del sol lo comprendí. El espanto me paralizó por completo: Allí estaba yo, tendido en el piso, extendiéndome mi mano.

Volé hacia mi dedo. Posado en mi yema nos miramos durante un momento. No hizo falta nada más. No hicieron falta palabras, ningún sonido. Una sonrisa de él fue suficiente.

Se paró y me llevó hasta el ventanal, lo abrió de par en par y volé: Era libre.

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