Negación

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Los vampiros no existen. Lo supe desde muy pequeño. Jamás le temí a la oscuridad o a los payasos o a las arañas o a esos pasillos largos que hay que recorrer desde tu habitación para llegar al baño. Las películas donde un entumecido anoréxico con capa se transformaba en un murciélago y escapaba volando por la ventana me sacaban una sonrisa. Ver esos dientes puntiagudos clavarse en una yugular o en la ingle me desternillaba de la risa.

Cuando tenía doce unos compañeros me retaron a lamer un pedazo de bofe. Fui más allá y le pegué un buen tarascón.

En la fiesta de egresados se me ocurrió la brillantez de imitar la mítica escena de Carrie. Con unos amigos pusimos unos baldes con pintura roja en las vigas superiores, sobre la pista de baile. Cuando todos estaban a los saltos en el centro, se los arrojamos en sus cabezas. Todos estaban empapados, sin entender nada, quietos, en shock. Las luces rebotaban en los cuerpos y teñían todo de escarlata.

Lola seguía moviéndose, a ella no le importaba nada. Se movía y me miraba. El vestido se le había pegado a su cuerpo, pesado, marcaba cada curva: las caderas, los muslos, sus senos. Se contoneaba y se acercaba. Sentí su aliento en mi cuello. Sus manos en mi nuca. En el aire no se olía a pintura. La fragancia era irresistible. Una erupción sanguinolenta saltó de mi cuello, otra del de ella. Por sobre su hombro vi a mis amigos comer.

Los vampiros no existen, me dije.

 

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