A tiempo

Roberto jamás llegó a tiempo a nada.

Desde chico siempre tuvo la habilidad de errarle a cualquier cita: llegaba cuando la campana de ingreso al colegio ya había sonado; o cuando ya estaban todos formados en fila; o justo después de que la maestra dijese su nombre.

Si había que juntarse para jugar a la pelota, él llegaba cuando todos se habían ido. La merienda se convertía en cena. Los regalos de navidad se abrían en año nuevo.

No había nada malo en Roberto. No sufría dolencia alguna. Nada que lo hiciese incapaz de estar a tiempo, por lo menos, así lo decretó su pediatra luego de ser consultado por Rosa, la madre de Roberto. Debo remarcar el esfuerzo titánico que representó, para Rosa y el pediatra, concretar la consulta. La imposibilidad de llegar a tiempo no estaba limitada a Roberto como persona si no a cualquier cosa que lo involucrase.

Rosa buscó otras opiniones durante años. Tal vez la que más confianza le dio fue Marta, la vidente del pueblo. Famosa por sus amarres de amor y, según dicen, por haber provocado la separación de Gonzalez; Marta citó a Rosa para un Martes por la tarde, cuando bajase el sol. Rosa no llevó a Roberto. Llegó a tiempo.

Cuenta Rosa que Marta usó un mazo de cartas nuevo. Prendió una vela negra. Espantó un par de moscas que lamían una mancha de mermelada del mantel floreado de plástico que cubría la mesa de adivinación y repartió las cartas. — ¡No te hagás dramas! — Dijo Marta poniendo las manos sobre las cartas. — Esto se le pasa con la edad. — Cerró estoica y le pidió un paquete de yerba a cambio de sus servicios.

Los años pasaron y el designio de Roberto no menguó.

Podríamos cerrar esta historia con la muerte de Rosa esperando por Roberto. Intentando alargar el último suspiro, el hálito de vida, mirando hacia la puerta desde la cama, esperanzada por ver a Roberto entrando, intercambiar miradas y entender que la vida fue buena, que ella fue buena y que Roberto la quiso y la amó como una madre que lo dio todo. Pero esta historia no es sobre Rosa, que sí, murió en una cama, mirando hacia la puerta, esperando por su hijo, y que exhalando el aliento final dijo: ¡Roberto, sos un pelotudo!

Roberto culpó a la enfermera por no haber podido llegar a tiempo. La enfermera cometió un error, en su desconocimiento, al llamar a Roberto por teléfono y citarlo en el hospital. Ante el deterioro de la salud de Rosa y su previsible muerte le dijo, ‹‹venga antes de las 4››, sellando para siempre el destino de Rosa.

Pero como decía, esto no es sobre Rosa sino sobre Roberto.

De cualquier manera la vida de Roberto prosiguió con normalidad. Una normalidad dentro de los parámetros de alguien que no llega a tiempo a nada. Y es posible que a esta altura tal vez piense en Roberto como un ser maldito. Alguien destinado a vivir el resto de su vida en la miseria. Y si bien hubieron muchos otros desencuentros. Como la vez que Cecilia lo invitó a su casa, mientras sus padres estaban de viaje y Roberto tocó el timbre en el preciso momento en que los padres de Cecilia volvían del viaje. O aquella otra vez cuando, noviando con Raquel, fue a visitarla, llegando en el preciso momento en que Marcelo también coincidía en la visita. En todo caso, y para no irme por las ramas tengo que decir que Roberto comenzó a utilizar esta peculiar cualidad a su favor.

Al principio trató con cosas pequeñas, como para entrenar.

Si necesitaba un corte de pelo elegía una peluquería al azar usando la guía telefónica, tomaba un calendario de bolsillo y anotaba una cita ficticia con el local. Siempre colocaba una fecha unos días en el futuro. Se dirigía al local tan pronto terminaba de hacer sus anotaciones. Al llegar se anunciaba y proclamaba tener una cita: Lo estaban esperando.

Intentó con actos que, a su entender, eran más osados; se hizo regalar helados pudiendo llegar antes de que las promociones en las heladerías vencieran; consiguió los mejores asientos para el estreno de una película de acción; llegó primero a la fila del banco.

El tiempo pasó y los años se sumaron y Roberto pisó los 45. Aunque había dominado el arte de engañar a su incapacidad de llegar a tiempo a las cosas, como llegando a horario a su trabajo casi la mayor parte del tiempo o pagando las deudas antes que venzan o juntándose con amigos a tomar algo en el bar con significativa periodicidad; Nunca había podido engañar el encuentro amoroso. Lo intentó inventando una cita con Claudia en un barsucho de barrio. Una morocha de ojos verdes y un cuerpo hecho a medida. Él llegó un día antes de lo previsto y ella estaba allí, esperándolo. Roberto hizo malabares agendando encuentros esporádicos. Con el tiempo se dio cuenta que Claudia no valía tanto esfuerzo. Fue igual con Roxana y con Silvia.

Cuando cumplió 46 recibió la llamada del abogado que alguna vez supo atender a Rosa, su madre. Le dijo que tenía un sobre de su madre y algunos objetos personales.

El sobre decía, en su dorso, ‹‹entregar a Roberto cuando cumpla 20››. Él no lo abrió. Aquello que tardó 26 años en llegar tal vez no merecía la pena abrirlo ahora. Tomó la caja de cartón que acompañaba el sobre y revolvió su interior. De esta salieron algunas fotos de la infancia. En una soplaba una vela con forma de número 6 sobre una torta de chocolate. En la inscripción decía ‹‹Mis 10 añitos››. Tomó el reloj de bolsillo que le supo regalar su abuelo. Aún funcionaba.

En el fondo de la caja encontró una hoja rayada titulada ‹‹Mis deseos en la vida››. El primero de ellos decía: Llegar a encontrar el amor de mi vida.

Leyó el resto de deseos. Sonrió y rompió la hoja.

Era verano. La semana había sido extremadamente calurosa y, para compensar, llovía brutalmente. Roberto esperaba el colectivo debajo del alero de la parada. Los autos pasaban a toda velocidad y pisaban los charcos salpicando a todos sin clemencia.

— ¿Sabe si el 20 ya pasó? — Le preguntó ella. El 20 ya había pasado. Ella no había llegado a tiempo y Roberto le invitó un café.

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