Anhelos

El pueblo de Gonzalez lleva el mismo nombre que su fundador. A pesar de ello, ninguno de sus habitantes recuerda quién fue Gonzalez.

En Gonzalez los acontecimientos tienden a diluirse con el tiempo dejando un remanente de nostalgia e imperfecciones históricas en el imaginario de sus pobladores; Como cuando llegó el cine. Todos estaban excitados. El cuchicheo iba de puerta en puerta, de boca a oído, saltando libremente. Con tanta libertad que tras cada salto, el vocero agregaba alguna cualidad al futurístico invento.

Se llegó a decir que el cine de Gonzalez mostraba paisajes nunca antes vistos y que se podía hurgar en la vida de otros sin que esos otros lo notasen, lo que regocijaba a algunas comadronas especialistas en limpieza de veredas enlosetadas. Se dijo que, también, existían héroes voladores, invencibles, que quemaban cosas con su mirada y que podían terminaban con todos los problemas del mundo. Alguien agregó que uno de estos personajes podría venir a Gonzalez y esto llegó oídos de Marta, la primera dama del pueblo. Marta, por prudencia, prefirió no decirle nada a su marido.

A pesar de las expectativas que se habían generado, la apretura del cine fue un total fracaso. No por la asistencia: El pueblo entero se agolpaba en la entrada.

El fracaso se debió a un error de interpretación. Y es que al final de la primera función, una turba de espectadores corrió despavorida por los pasillos al grito de “¡es terrible!” y “¡el horror!”. Otros, algo más conservadores, se limitaron a chillar como animales heridos. También se pudo ver que un grupo de veinte personas se arrancaban los pelos, mientras que otros intentaban copular con la empleada del modesto kiosco. Si bien nunca más se habló de este tema, algunos pudieron acceder a fragmentos de información procedentes de diferentes fuentes, todas fidedignas, y aunarlos en una cronología de hechos más o menos sólida.

Se dijo que Raúl, un aficionado dramaturgo, quiso felicitar a los protagonistas por sus incomparables actuaciones una vez finalizada la proyección. Este se dirigió a los bastidores y a los pocos minutos reapareció, agitado y visiblemente en pánico, por una de las puertas batientes del salón principal del teatro. La multitud, que esperaba a los actores para el saludo final notó el espanto de Raúl. Entre espasmos se las arregló para succionar una gran bocanada de aire y gritar: ‒ ¡no están! ‒ Tras el bramido se desmayó.

Se encomendó un grupo de búsqueda de actores pero no pudieron dar con ellos. Se le exigió explicaciones al gerente del teatro. Este se mostró poco colaborativo, según se relató.

Algunos dijeron que era común mostrarse apático y poco colaborativo ‒ ¡Los de ciudades grandes son así! ‒ Otros consideraron sentirse insultados por las poco claras explicaciones del gerente; “Es celuloide”, “la luz impacta en la pantalla” y “las imágenes están pintadas en papel” fueron solo algunos de los agravios que los asistentes tuvieron que soportar de mano del gerente. Con la muchedumbre encolerizada, el gerente fue lanzado mediante épica técnica pugilística por sobre el mostrador del kiosko. Tras el estruendo del cuerpo contra los cristales alguien aseveró: ‒ ¡Son fantasmas! ‒ Tamaña conclusión desató el pánico. Tal vez el gerente no usó las palabras correctas. Tal vez la turba no estaba preparada para tal adelanto científico. Eso nunca lo sabremos. Se decretó que había sido otro caso de “desaparición por éxito”. Casos similares ya se habían registrado en Gonzalez en el pasado.

El propio fundador de Gonzalez habría desaparecido algunos años después de la fundación del pueblo. Al parecer el plantar bandera (Eso se dijo) sobre tierra inmaculada hizo que la misma se tragase al perpetrador. Por más que se buscó a Gonzalez en los pueblos aledaños, llevando incluso a algunos intrépidos aventureros hasta la capital, no hubo forma de dar con él. Alguien destacó la ausencia de la mujer del contador y la recaudación de los impuestos municipales, pero el hecho no trascendió ante la sombra de la pérdida, en circunstancias paranormales, del mismísimo fundador.

Teorías varias se crearon alrededor de la desaparición. La que más caló fue la que Alberto, un octogenario con datada experiencia en la cata de uvas, acertó en conjeturar: ‒ ¡Es cuestión de éxito! ‒ Dijo fría y penetrantemente. Luego se puso a dormir la siesta. Un compañero de primaria de Gonzalez hiló la teoría de Alberto y concluyó: ‒ Desde chiquito. Desde que íbamos al colegio, Gonzalez siempre quiso fundar algo. ¡Fundó un pueblo! ‒ Los anhelos de Gonzalez, puestos en palabras gracias a su compañero de colegio, quitaron las dudas de lo pobladores. Gonzalez había sido víctima de su propio éxito. Estaban frente al primer caso de “desaparición por éxito”.

Otro caso documentado era el de Camila Lascano de Gutierrez. Camila supo tener un pasado rebelde. De chica, en contra de los deseos de su madre, prefería moldear formas con barro en vez de jugar con cocinitas y bebés de trapo. En la adolescencia se escondía en un recodo olvidado de la biblioteca del pueblo. Llegando a los dieciocho, y gracias a la insistencia de su madre, Camila cambió las visitas a la biblioteca por las vueltas de media tarde en la plaza central. Las dos caminaban juntas, Camila recordaba letras memorizadas en la biblioteca. Su madre le susurraba los balances económicos de los solteros disponibles.

En en una de esas rondas conoció a Gutierrez. Este la cortejaría durante un tiempo. Primero caminando a una distancia prudente, luego convenciendo a la madre de Camila de que su edad se equiparaba a sus bienes. Con dieciocho recién cumplidos, Guitierrez le propuso matrimonio. La madre de Camila aceptó por ella. Camila se casó de blanco frente a medio pueblo: Pagó Gutierrez.

Camila, y el bibliotecario, no sonrieron durante todo el evento. Sobre Camila se dijo que fueron los nervios. Sobre el bibliotecario la falta del gusto por el alcohol.

Los meses pasaron y solo dos hechos destacaron en el pueblo: El bibliotecario se iría para estudiar en la universidad y Gutierrez buscaba, desesperado, tener hijos. Esto último no había sido posible, particularmente, por un deterioro en la salud de Camila. Constantes dolores de cabeza, desmayos, indisposiciones, nauseas, ceguera temporal, amnesia esporádica y parálisis ocular eran algunos de los tantos males que aquejaban a Camila. Helena, la curandera de Gonzalez y amiga cercana de Camila, le sugirió a Gutierrez postergar todo intento de concepción hasta que Camila se recuperase. Alfonso Carranza, el médico de Gonzalez sugirió, habiéndose visto sobrepasado en sus conocimientos, que Camila fuese analizada por su colega, el doctor Claudio Mercedes. Mercedes vivía en la capital y gozaba de cierto renombre entre los locales. Renombre ganado luego de curar el brote de histeria que sufrió la primera dama y una viuda cuarentona.

Mercedes viajó un domingo a Gonzalez. El lunes visitó a Marta, la primera dama, para asegurarse que no hubiese recaída. Atendió a Camila el martes. El miércoles dijo que Camila estaba curada. El jueves se vio al bibliotecario en el pueblo: ‒ Vengo por que me olvidé de llevarme algo. ‒ Dijo. El viernes Mercedes visitó a la viuda cuarentona para un control rutinario. El sábado Gutierrez llegó tarde a casa: Camila había desaparecido.

Los rumores corrieron veloces: Otro caso de “desaparición por éxito”. La madre de Camila aseguró que su hija soñaba con ser madre y esposa. Gutierrez reveló intimidades: ‒ Ella anhelaba darme muchos hijos. ‒ Confirmó ‒ ¡La cautivaba mi virilidad! ‒ Se elogió. Pronto el tema se olvidó pero dejó claro entre los pobladores de Gonzalez que el pueblo sufría de este peculiar mal. La “desaparición por éxito” fue un tema de interés público. Se dictaron leyes y se establecieron normativas que garantizaran el resguardo de los gonzalences.

Como el caso del cine hubieron otros, esporádicos, en el transcurso de los años y, con el pasar de estos, la experiencia llevó a mejores mecanismos de mitigación. Hoy Gonzalez es un pueblo tranquilo. Un pueblo con viejos sentados en la vereda tomando el sol, madres haciendo balances financieros de candidatos y jóvenes que, sin haber salido nunca del pueblito, tienen una urgencia inefable de encontrar algo perdido en otro lugar.

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