Anhelos

El pueblo de Gonzalez lleva el mismo nombre que su fundador. A pesar de ello, ninguno de sus habitantes recuerda quién fue Gonzalez.

En Gonzalez los acontecimientos tienden a diluirse con el tiempo dejando un remanente de nostalgia e imperfecciones históricas en el imaginario de sus pobladores; Como cuando llegó el cine. Todos estaban excitados. El cuchicheo iba de puerta en puerta, de boca a oído, saltando libremente. Con tanta libertad que tras cada salto, el vocero agregaba alguna cualidad al futurístico invento.

Se llegó a decir que el cine de Gonzalez mostraba paisajes nunca antes vistos y que se podía hurgar en la vida de otros sin que esos otros lo notasen, lo que regocijaba a algunas comadronas especialistas en limpieza de veredas enlosetadas. Se dijo que, también, existían héroes voladores, invencibles, que quemaban cosas con su mirada y que podían terminaban con todos los problemas del mundo. Alguien agregó que uno de estos personajes podría venir a Gonzalez y esto llegó oídos de Marta, la primera dama del pueblo. Marta, por prudencia, prefirió no decirle nada a su marido.

A pesar de las expectativas que se habían generado, la apretura del cine fue un total fracaso. No por la asistencia: El pueblo entero se agolpaba en la entrada.

El fracaso se debió a un error de interpretación. Y es que al final de la primera función, una turba de espectadores corrió despavorida por los pasillos al grito de “¡es terrible!” y “¡el horror!”. Otros, algo más conservadores, se limitaron a chillar como animales heridos. También se pudo ver que un grupo de veinte personas se arrancaban los pelos, mientras que otros intentaban copular con la empleada del modesto kiosco. Si bien nunca más se habló de este tema, algunos pudieron acceder a fragmentos de información procedentes de diferentes fuentes, todas fidedignas, y aunarlos en una cronología de hechos más o menos sólida.

Se dijo que Raúl, un aficionado dramaturgo, quiso felicitar a los protagonistas por sus incomparables actuaciones una vez finalizada la proyección. Este se dirigió a los bastidores y a los pocos minutos reapareció, agitado y visiblemente en pánico, por una de las puertas batientes del salón principal del teatro. La multitud, que esperaba a los actores para el saludo final notó el espanto de Raúl. Entre espasmos se las arregló para succionar una gran bocanada de aire y gritar: ‒ ¡no están! ‒ Tras el bramido se desmayó.

Se encomendó un grupo de búsqueda de actores pero no pudieron dar con ellos. Se le exigió explicaciones al gerente del teatro. Este se mostró poco colaborativo, según se relató.

Algunos dijeron que era común mostrarse apático y poco colaborativo ‒ ¡Los de ciudades grandes son así! ‒ Otros consideraron sentirse insultados por las poco claras explicaciones del gerente; “Es celuloide”, “la luz impacta en la pantalla” y “las imágenes están pintadas en papel” fueron solo algunos de los agravios que los asistentes tuvieron que soportar de mano del gerente. Con la muchedumbre encolerizada, el gerente fue lanzado mediante épica técnica pugilística por sobre el mostrador del kiosko. Tras el estruendo del cuerpo contra los cristales alguien aseveró: ‒ ¡Son fantasmas! ‒ Tamaña conclusión desató el pánico. Tal vez el gerente no usó las palabras correctas. Tal vez la turba no estaba preparada para tal adelanto científico. Eso nunca lo sabremos. Se decretó que había sido otro caso de “desaparición por éxito”. Casos similares ya se habían registrado en Gonzalez en el pasado.

El propio fundador de Gonzalez habría desaparecido algunos años después de la fundación del pueblo. Al parecer el plantar bandera (Eso se dijo) sobre tierra inmaculada hizo que la misma se tragase al perpetrador. Por más que se buscó a Gonzalez en los pueblos aledaños, llevando incluso a algunos intrépidos aventureros hasta la capital, no hubo forma de dar con él. Alguien destacó la ausencia de la mujer del contador y la recaudación de los impuestos municipales, pero el hecho no trascendió ante la sombra de la pérdida, en circunstancias paranormales, del mismísimo fundador.

Teorías varias se crearon alrededor de la desaparición. La que más caló fue la que Alberto, un octogenario con datada experiencia en la cata de uvas, acertó en conjeturar: ‒ ¡Es cuestión de éxito! ‒ Dijo fría y penetrantemente. Luego se puso a dormir la siesta. Un compañero de primaria de Gonzalez hiló la teoría de Alberto y concluyó: ‒ Desde chiquito. Desde que íbamos al colegio, Gonzalez siempre quiso fundar algo. ¡Fundó un pueblo! ‒ Los anhelos de Gonzalez, puestos en palabras gracias a su compañero de colegio, quitaron las dudas de lo pobladores. Gonzalez había sido víctima de su propio éxito. Estaban frente al primer caso de “desaparición por éxito”.

Otro caso documentado era el de Camila Lascano de Gutierrez. Camila supo tener un pasado rebelde. De chica, en contra de los deseos de su madre, prefería moldear formas con barro en vez de jugar con cocinitas y bebés de trapo. En la adolescencia se escondía en un recodo olvidado de la biblioteca del pueblo. Llegando a los dieciocho, y gracias a la insistencia de su madre, Camila cambió las visitas a la biblioteca por las vueltas de media tarde en la plaza central. Las dos caminaban juntas, Camila recordaba letras memorizadas en la biblioteca. Su madre le susurraba los balances económicos de los solteros disponibles.

En en una de esas rondas conoció a Gutierrez. Este la cortejaría durante un tiempo. Primero caminando a una distancia prudente, luego convenciendo a la madre de Camila de que su edad se equiparaba a sus bienes. Con dieciocho recién cumplidos, Guitierrez le propuso matrimonio. La madre de Camila aceptó por ella. Camila se casó de blanco frente a medio pueblo: Pagó Gutierrez.

Camila, y el bibliotecario, no sonrieron durante todo el evento. Sobre Camila se dijo que fueron los nervios. Sobre el bibliotecario la falta del gusto por el alcohol.

Los meses pasaron y solo dos hechos destacaron en el pueblo: El bibliotecario se iría para estudiar en la universidad y Gutierrez buscaba, desesperado, tener hijos. Esto último no había sido posible, particularmente, por un deterioro en la salud de Camila. Constantes dolores de cabeza, desmayos, indisposiciones, nauseas, ceguera temporal, amnesia esporádica y parálisis ocular eran algunos de los tantos males que aquejaban a Camila. Helena, la curandera de Gonzalez y amiga cercana de Camila, le sugirió a Gutierrez postergar todo intento de concepción hasta que Camila se recuperase. Alfonso Carranza, el médico de Gonzalez sugirió, habiéndose visto sobrepasado en sus conocimientos, que Camila fuese analizada por su colega, el doctor Claudio Mercedes. Mercedes vivía en la capital y gozaba de cierto renombre entre los locales. Renombre ganado luego de curar el brote de histeria que sufrió la primera dama y una viuda cuarentona.

Mercedes viajó un domingo a Gonzalez. El lunes visitó a Marta, la primera dama, para asegurarse que no hubiese recaída. Atendió a Camila el martes. El miércoles dijo que Camila estaba curada. El jueves se vio al bibliotecario en el pueblo: ‒ Vengo por que me olvidé de llevarme algo. ‒ Dijo. El viernes Mercedes visitó a la viuda cuarentona para un control rutinario. El sábado Gutierrez llegó tarde a casa: Camila había desaparecido.

Los rumores corrieron veloces: Otro caso de “desaparición por éxito”. La madre de Camila aseguró que su hija soñaba con ser madre y esposa. Gutierrez reveló intimidades: ‒ Ella anhelaba darme muchos hijos. ‒ Confirmó ‒ ¡La cautivaba mi virilidad! ‒ Se elogió. Pronto el tema se olvidó pero dejó claro entre los pobladores de Gonzalez que el pueblo sufría de este peculiar mal. La “desaparición por éxito” fue un tema de interés público. Se dictaron leyes y se establecieron normativas que garantizaran el resguardo de los gonzalences.

Como el caso del cine hubieron otros, esporádicos, en el transcurso de los años y, con el pasar de estos, la experiencia llevó a mejores mecanismos de mitigación. Hoy Gonzalez es un pueblo tranquilo. Un pueblo con viejos sentados en la vereda tomando el sol, madres haciendo balances financieros de candidatos y jóvenes que, sin haber salido nunca del pueblito, tienen una urgencia inefable de encontrar algo perdido en otro lugar.

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Anhelos

A tiempo

Roberto jamás llegó a tiempo a nada.

Desde chico siempre tuvo la habilidad de errarle a cualquier cita: llegaba cuando la campana de ingreso al colegio ya había sonado; o cuando ya estaban todos formados en fila; o justo después de que la maestra dijese su nombre.

Si había que juntarse para jugar a la pelota, él llegaba cuando todos se habían ido. La merienda se convertía en cena. Los regalos de navidad se abrían en año nuevo.

No había nada malo en Roberto. No sufría dolencia alguna. Nada que lo hiciese incapaz de estar a tiempo, por lo menos, así lo decretó su pediatra luego de ser consultado por Rosa, la madre de Roberto. Debo remarcar el esfuerzo titánico que representó, para Rosa y el pediatra, concretar la consulta. La imposibilidad de llegar a tiempo no estaba limitada a Roberto como persona si no a cualquier cosa que lo involucrase.

Rosa buscó otras opiniones durante años. Tal vez la que más confianza le dio fue Marta, la vidente del pueblo. Famosa por sus amarres de amor y, según dicen, por haber provocado la separación de Gonzalez; Marta citó a Rosa para un Martes por la tarde, cuando bajase el sol. Rosa no llevó a Roberto. Llegó a tiempo.

Cuenta Rosa que Marta usó un mazo de cartas nuevo. Prendió una vela negra. Espantó un par de moscas que lamían una mancha de mermelada del mantel floreado de plástico que cubría la mesa de adivinación y repartió las cartas. — ¡No te hagás dramas! — Dijo Marta poniendo las manos sobre las cartas. — Esto se le pasa con la edad. — Cerró estoica y le pidió un paquete de yerba a cambio de sus servicios.

Los años pasaron y el designio de Roberto no menguó.

Podríamos cerrar esta historia con la muerte de Rosa esperando por Roberto. Intentando alargar el último suspiro, el hálito de vida, mirando hacia la puerta desde la cama, esperanzada por ver a Roberto entrando, intercambiar miradas y entender que la vida fue buena, que ella fue buena y que Roberto la quiso y la amó como una madre que lo dio todo. Pero esta historia no es sobre Rosa, que sí, murió en una cama, mirando hacia la puerta, esperando por su hijo, y que exhalando el aliento final dijo: ¡Roberto, sos un pelotudo!

Roberto culpó a la enfermera por no haber podido llegar a tiempo. La enfermera cometió un error, en su desconocimiento, al llamar a Roberto por teléfono y citarlo en el hospital. Ante el deterioro de la salud de Rosa y su previsible muerte le dijo, ‹‹venga antes de las 4››, sellando para siempre el destino de Rosa.

Pero como decía, esto no es sobre Rosa sino sobre Roberto.

De cualquier manera la vida de Roberto prosiguió con normalidad. Una normalidad dentro de los parámetros de alguien que no llega a tiempo a nada. Y es posible que a esta altura tal vez piense en Roberto como un ser maldito. Alguien destinado a vivir el resto de su vida en la miseria. Y si bien hubieron muchos otros desencuentros. Como la vez que Cecilia lo invitó a su casa, mientras sus padres estaban de viaje y Roberto tocó el timbre en el preciso momento en que los padres de Cecilia volvían del viaje. O aquella otra vez cuando, noviando con Raquel, fue a visitarla, llegando en el preciso momento en que Marcelo también coincidía en la visita. En todo caso, y para no irme por las ramas tengo que decir que Roberto comenzó a utilizar esta peculiar cualidad a su favor.

Al principio trató con cosas pequeñas, como para entrenar.

Si necesitaba un corte de pelo elegía una peluquería al azar usando la guía telefónica, tomaba un calendario de bolsillo y anotaba una cita ficticia con el local. Siempre colocaba una fecha unos días en el futuro. Se dirigía al local tan pronto terminaba de hacer sus anotaciones. Al llegar se anunciaba y proclamaba tener una cita: Lo estaban esperando.

Intentó con actos que, a su entender, eran más osados; se hizo regalar helados pudiendo llegar antes de que las promociones en las heladerías vencieran; consiguió los mejores asientos para el estreno de una película de acción; llegó primero a la fila del banco.

El tiempo pasó y los años se sumaron y Roberto pisó los 45. Aunque había dominado el arte de engañar a su incapacidad de llegar a tiempo a las cosas, como llegando a horario a su trabajo casi la mayor parte del tiempo o pagando las deudas antes que venzan o juntándose con amigos a tomar algo en el bar con significativa periodicidad; Nunca había podido engañar el encuentro amoroso. Lo intentó inventando una cita con Claudia en un barsucho de barrio. Una morocha de ojos verdes y un cuerpo hecho a medida. Él llegó un día antes de lo previsto y ella estaba allí, esperándolo. Roberto hizo malabares agendando encuentros esporádicos. Con el tiempo se dio cuenta que Claudia no valía tanto esfuerzo. Fue igual con Roxana y con Silvia.

Cuando cumplió 46 recibió la llamada del abogado que alguna vez supo atender a Rosa, su madre. Le dijo que tenía un sobre de su madre y algunos objetos personales.

El sobre decía, en su dorso, ‹‹entregar a Roberto cuando cumpla 20››. Él no lo abrió. Aquello que tardó 26 años en llegar tal vez no merecía la pena abrirlo ahora. Tomó la caja de cartón que acompañaba el sobre y revolvió su interior. De esta salieron algunas fotos de la infancia. En una soplaba una vela con forma de número 6 sobre una torta de chocolate. En la inscripción decía ‹‹Mis 10 añitos››. Tomó el reloj de bolsillo que le supo regalar su abuelo. Aún funcionaba.

En el fondo de la caja encontró una hoja rayada titulada ‹‹Mis deseos en la vida››. El primero de ellos decía: Llegar a encontrar el amor de mi vida.

Leyó el resto de deseos. Sonrió y rompió la hoja.

Era verano. La semana había sido extremadamente calurosa y, para compensar, llovía brutalmente. Roberto esperaba el colectivo debajo del alero de la parada. Los autos pasaban a toda velocidad y pisaban los charcos salpicando a todos sin clemencia.

— ¿Sabe si el 20 ya pasó? — Le preguntó ella. El 20 ya había pasado. Ella no había llegado a tiempo y Roberto le invitó un café.

A tiempo

Reflejo

Ante las necesidades biológicas no hay guapura. Hasta el más peludo y corpulento afloja en algún momento y yo necesitaba aflojar. Me excusé y a los saltitos llegué al paraíso de la ingeniería: La vejiga casi gana la pulseada.

Nada de lo anterior es realmente importante salvo si lo consideramos un encadenamiento de sucesos que me llevarían a descubrir otra verdad: Los innumerables cafés, las ganas de mear, la advertencia de mi compañero de mesa mediante su «tenga cuidado, que en el baño pasan cosas raras», el pararme para lavarme las manos y la trampa final: Mirarme al espejo.

Ya sabemos que los espejos de los baños son mágicos. El más común de sus encantamientos es el de vernos al revés. Otros como mostrarnos figuras fantasmales cuando la luz está apagada o asustarnos con movimientos involuntarios de nuestro reflejo cuando lo miramos fijamente son, aunque menos frecuentes, también conocidos.

De los menos conocidos están los que nos escribe palabras salidas de nuestro inconsciente materializadas con aliento y, como es en mi caso, el que muestra célebres figuras que nos hablan de realidades añoradas, proponiéndonos tratos para salir de diferentes entuertos. El mio (Mi entuerto) era escapar de Villa de la Triunfante Trinidad; de volver a la ruta.

El primero en aparecer, susurrándome, dulce, tentador, dijo que él podía sacarme de ese endemoniado pueblo. Que él había marcado el camino. Que lo había recorrido miles de veces. Que conocía cada recoveco del pueblo. Tanto lo conocía que él era el pueblo. Que para poder escapar tenía que recordar el pasado. Ese pasado que nos alcanza cuando tenemos miedo de enfrentarnos a lo desconocido. Que nos reconforta con imágenes de nuestra inocencia infantil. Cuando todo era más fácil y simple. Pero, por supuesto, que tendríamos que realizar grandes sacrificios. Que deberíamos dejar de pensar. Que masticaríamos odio y que se lo escupiríamos al mozo, porque él era el culpable de todo.

Tentado por la idea intenté aceptar, pero en el momento en que estaba por cerrar el trato, otra figura se manifestó. «¡No sea zonzo!» me dijo con una gran sonrisa blanca repleta de dientes. «¿No se da cuenta que le mienten?» me preguntó con gesto afable. Y me entró la duda.

Mire hacia adelante, que para poder salir de esta la respuesta está en el futuro. Nada de aferrarse a lo que ya se vivió, que por eso se vivió. Que habría tropiezos y caídas dolorosas, raspones, incluso algunos huesos rotos pero que todo mejorará con el tiempo. Que el secreto estaba en pedirle tantos cafés al mozo que no pudiera traer más. Que así se rompería el hechizo. Que si no me alcanzaba para pagarle por los cafés, él me prestaba. Que no me preocupara de eso. Que eramos amigos.

Quería creerle a los dos. Hice trato con los dos.

Uno se quedó con mi saco como adelanto por las molestias. El otro la billetera.

Los dos desaparecieron y yo seguí sin poder escapar de Villa de la Triunfante Trinidad.

Reflejo

Negación

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Los vampiros no existen. Lo supe desde muy pequeño. Jamás le temí a la oscuridad o a los payasos o a las arañas o a esos pasillos largos que hay que recorrer desde tu habitación para llegar al baño. Las películas donde un entumecido anoréxico con capa se transformaba en un murciélago y escapaba volando por la ventana me sacaban una sonrisa. Ver esos dientes puntiagudos clavarse en una yugular o en la ingle me desternillaba de la risa.

Cuando tenía doce unos compañeros me retaron a lamer un pedazo de bofe. Fui más allá y le pegué un buen tarascón.

En la fiesta de egresados se me ocurrió la brillantez de imitar la mítica escena de Carrie. Con unos amigos pusimos unos baldes con pintura roja en las vigas superiores, sobre la pista de baile. Cuando todos estaban a los saltos en el centro, se los arrojamos en sus cabezas. Todos estaban empapados, sin entender nada, quietos, en shock. Las luces rebotaban en los cuerpos y teñían todo de escarlata.

Lola seguía moviéndose, a ella no le importaba nada. Se movía y me miraba. El vestido se le había pegado a su cuerpo, pesado, marcaba cada curva: las caderas, los muslos, sus senos. Se contoneaba y se acercaba. Sentí su aliento en mi cuello. Sus manos en mi nuca. En el aire no se olía a pintura. La fragancia era irresistible. Una erupción sanguinolenta saltó de mi cuello, otra del de ella. Por sobre su hombro vi a mis amigos comer.

Los vampiros no existen, me dije.

 

Negación

Monarca en revista Metropia

Metropia 11Es muy natural revisar lo que hemos escrito una y otra vez. Mientras más se revisa, más cosas se le quieren cambiar. Mientras más se lee, más “aquí debería ser de esta otra forma” solemos encontrar.

Este es el caso de “Monarca“. Un breve cuento que había publicado hace un tiempo aquí mismo, y que tomó su segunda versión, revisada, en la revista Metropia.

Además, coincide que en la misma revista hablo de otras cosas. Cosas que hago cotidianamente. Mi doble vida.

No te pierdas, en la página 74 de Metropia 11, la nueva revisión de Monarca.

Monarca en revista Metropia

Monarca

Temprano, tarde. No hacía frio, tampoco calor. La verdad que no se sentía nada. Tampoco se veía nada.

Juro que tenía los ojos abiertos a más no poder, pero no veía nada; ni mis manos, ni mis pies, y eso que juraría que los moví, que los sacudí con violencia.

No se veía el color. Recordaba el color negro, pero esto no era eso. ¿Cómo describir un no color? Tampoco era el vacío, por lo menos estaba yo.

Quise tocarme la cara, juro que lo quise, que lo intenté. Esa sensación eléctrica que recorre las extremidades antes de que comiencen a moverse estaba allí, supe que estaba allí; pero no toqué nada. Ni cara, ni dedos, ni nariz, nada. Hoy no podría asegurar que realmente moví alguna extremidad.

¿Dónde estaba? ¿Qué hora era? Por lo menos podía hacerme preguntas: Estaba consciente.

Llegaría tarde al trabajo, el maletín estaba revuelto, la ropa que no había planchado, las cuentas por pagar, el alquiler que se aproximaba. Un alquiler excesivo por una habitación en un segundo piso.

Tenía más miedo por las cosas cotidianas que por no saber dónde estaba.

 

Raúl se despertó boca arriba, asustado. El colchón había sufrido una inundación de transpiración maloliente. Pero no había sido eso lo que había sacudido su sueño.

Se sentía extraño, distinto, algo había cambiado. La luz entró por la ventana y lo apuñaló directo en las córneas. Con un acto reflejo se acurrucó y trató de arrastrarse debajo de la almohada. Tembló y contoneó su cuerpo, moviéndose solo un par de centímetros.

Volteó hacia la luz. Esta no lo lastimaba, no le quemaba la piel. Estiró uno de los brazos queriendo tocarla. Y allí descubrió, en el contraste, sus dedos: Los contempló perplejo.

 

Intenté moverme, sacudir lo que consideraba mi cuerpo. Me retorcí para un lado y para el otro. Mi cuerpo vibró, pero no por mi movimiento: Era ruido que recorría mi cuerpo. No podía escuchar, pero sí sentir el sonido.

Volví a sacudirme violentamente y un “crack” corrió de punta a punta por todo mí ser. Cerré los ojos (O eso creí) y al abrirlos, una luz se filtraba detrás de mí. Podía sentir el calor, podía casi saborearlo.

Otro esfuerzo descomunal y la grieta se expandió más y más luz tocó mi cuerpo. Sentía la necesidad demencial de empujar, de ir hacia esa luz, hacia el calor: Poder ver.

Empujé como nunca hasta que me liberé. La luz intensa no dejaba verme, pero ya sentía, sabía que estaba fuera, que había conseguido aquello que tanto anhelaba.

Un sacudón final y el remolino del viento se movió por mi estómago y sentí que flotaba.

 

Raúl miró entre sus dedos enfocando el ventanal por donde entraba la luz del sol. Allí estaba, una monarca, desplegando sus alas, queriendo realizar su primer vuelo después de la costosa metamorfosis: ¿Quién más que él podría saberlo?

Quiso acompañarla en su vuelo inicial. Acercarse a ella. Parado y desnudo al borde de la cama hizo una pirueta y terminó con la cara en el piso: ¿Dónde estaban sus alas?

Extendió el brazo hacia la monarca en señal de ayuda. Pidiendo una limosna que lo ayudase a comprender.

 

Cuando mis ojos se adaptaron al fulgor del sol lo comprendí. El espanto me paralizó por completo: Allí estaba yo, tendido en el piso, extendiéndome mi mano.

Volé hacia mi dedo. Posado en mi yema nos miramos durante un momento. No hizo falta nada más. No hicieron falta palabras, ningún sonido. Una sonrisa de él fue suficiente.

Se paró y me llevó hasta el ventanal, lo abrió de par en par y volé: Era libre.

Monarca

Grasa–Tercera parte

Durante los siguientes treinta y dos kilómetros no pude quitarme la idea de la cabeza. «El cebo con patas no tenía motivos para amenazarme con el cuchillo» rumiaba entre dientes; «era mi derecho obtener facturas de calidad», me repetía; «¡Él me agredió, yo no hice nada malo!», y aprovechando un acople con una ruta rural, giré violentamente en u y comencé a deshacer los treinta y tantos kilómetros andados. «Yo le voy a enseñar», grité con fuerza y apreté hasta el fondo el pedal del acelerador. El motor rugió de tal manera que me volví uno con este. El ardor de la furia me corría por las venas. Pensaba en lo que le diría, sus respuestas y mis argumentos devastadores, sus gritos y llantos, yo humillándolo: Sí, yo le enseñaría.

Faltaban unos cientos de metros para llegar a la panadería. Ya era de noche y no se veían luces encendidas, «seguro que el gordo se había ido» pensé y aminoré la velocidad. Por precaución — quería tomar al panadero por sorpresa — estacioné el automóvil en un yuyal que había en la mano del frente al local y esperé. Tenía la esperanza que mi objetivo aún se encontrara dentro de su inmunda fábrica de engrudos, y que lo podría interceptar justo cuando saliera. Ahí, en ese preciso momento, yo saldría desde los yuyos y le haría saber todo lo que había planeado. Un banquete de insultos y argumentos devastadores.

Debo haber esperado una hora y el panadero no daba señales de vida. Las tenues luces del alumbrado público estaban atestadas de bichos que golpeaban sus cabezas, incansables, contra el vidrio protector. En su boxística danza dejaban escapar algunos rayos de luz, formando figuras de todo tipo contra la pared cremosa de la panadería. Vi, entre las sombras, cómo otros clientes habían vomitado las medialunas creadas por el panadero al morder restos de cucarachas, moscas, gusanos y hasta pelos. Las sombras también me mostraron cómo el gordo de delantal hacía pis o se rascaba el sobaco y, sin lavarse, seguía su faena sobre la masa. Otra me alertó sobre la puerta del fondo de la panadería que siempre quedaba sin llave, mientras una tercera me arengaba, susurrante, escurrirme por esa puerta y sorprender al panadero cuando regresase por la mañana. Una última me dijo que mis palabras debían ser filosas: Todo tenía sentido.

Salté la pared que dividía el patio trasero de la panadería y el baldío. Caí con fuerza lastimándome el tobillo derecho. El dolor fue insoportable. Quise gritar pero por miedo a que alguien pudiese escucharme e intentara arruinar mi plan, tragué el dolor, apreté los dientes y maldije. «No le ha bastado con darme de comer esa masa desagradable, si no que ahora, por su culpa, también me he lastimado», «¡Me las va a pagar!» repetí una y otra vez.

Me arrastré lenta y dolorosamente hasta la puerta que empujé con cuidado intentando que sus goznes no chillen. Cómo me habían advertido, la puerta no ofreció resistencia alguna y con solo apoyar mi mano se abrió completamente.

Una vez dentro evité prender las luces y caminé a tientas guiándome por los bordes ásperos de las paredes. Mis párpados abiertos a más no poder, como si de esa forma pudieran ver en la oscuridad.

Mientras palpaba la rugosidad cruzó por mi cabeza una imagen: El tremendo susto que se hubiera dado ese mequetrefe del uslero si hubiese encendido las luces y me encontrara, ahí, con mis ojos salidos de las órbitas, la boca abierta, cojeando, brazos estirados tratando de darle caza.

Seguramente hubiera salido corriendo, espantado, con los brazos en alto y chillando como una niña. O aún mejor, su corazón se hubiese congelado, cayendo muerto en ese preciso instante. «¡Sí! Ese hubiera sido un escarmiento, lo que realmente se merecía».

Grasa–Tercera parte