Reflejo

Ante las necesidades biológicas no hay guapura. Hasta el más peludo y corpulento afloja en algún momento y yo necesitaba aflojar. Me excusé y a los saltitos llegué al paraíso de la ingeniería: La vejiga casi gana la pulseada.

Nada de lo anterior es realmente importante salvo si lo consideramos un encadenamiento de sucesos que me llevarían a descubrir otra verdad: Los innumerables cafés, las ganas de mear, la advertencia de mi compañero de mesa mediante su «tenga cuidado, que en el baño pasan cosas raras», el pararme para lavarme las manos y la trampa final: Mirarme al espejo.

Ya sabemos que los espejos de los baños son mágicos. El más común de sus encantamientos es el de vernos al revés. Otros como mostrarnos figuras fantasmales cuando la luz está apagada o asustarnos con movimientos involuntarios de nuestro reflejo cuando lo miramos fijamente son, aunque menos frecuentes, también conocidos.

De los menos conocidos están los que nos escribe palabras salidas de nuestro inconsciente materializadas con aliento y, como es en mi caso, el que muestra célebres figuras que nos hablan de realidades añoradas, proponiéndonos tratos para salir de diferentes entuertos. El mio (Mi entuerto) era escapar de Villa de la Triunfante Trinidad; de volver a la ruta.

El primero en aparecer, susurrándome, dulce, tentador, dijo que él podía sacarme de ese endemoniado pueblo. Que él había marcado el camino. Que lo había recorrido miles de veces. Que conocía cada recoveco del pueblo. Tanto lo conocía que él era el pueblo. Que para poder escapar tenía que recordar el pasado. Ese pasado que nos alcanza cuando tenemos miedo de enfrentarnos a lo desconocido. Que nos reconforta con imágenes de nuestra inocencia infantil. Cuando todo era más fácil y simple. Pero, por supuesto, que tendríamos que realizar grandes sacrificios. Que deberíamos dejar de pensar. Que masticaríamos odio y que se lo escupiríamos al mozo, porque él era el culpable de todo.

Tentado por la idea intenté aceptar, pero en el momento en que estaba por cerrar el trato, otra figura se manifestó. «¡No sea zonzo!» me dijo con una gran sonrisa blanca repleta de dientes. «¿No se da cuenta que le mienten?» me preguntó con gesto afable. Y me entró la duda.

Mire hacia adelante, que para poder salir de esta la respuesta está en el futuro. Nada de aferrarse a lo que ya se vivió, que por eso se vivió. Que habría tropiezos y caídas dolorosas, raspones, incluso algunos huesos rotos pero que todo mejorará con el tiempo. Que el secreto estaba en pedirle tantos cafés al mozo que no pudiera traer más. Que así se rompería el hechizo. Que si no me alcanzaba para pagarle por los cafés, él me prestaba. Que no me preocupara de eso. Que eramos amigos.

Quería creerle a los dos. Hice trato con los dos.

Uno se quedó con mi saco como adelanto por las molestias. El otro la billetera.

Los dos desaparecieron y yo seguí sin poder escapar de Villa de la Triunfante Trinidad.

Reflejo

Negación

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Los vampiros no existen. Lo supe desde muy pequeño. Jamás le temí a la oscuridad o a los payasos o a las arañas o a esos pasillos largos que hay que recorrer desde tu habitación para llegar al baño. Las películas donde un entumecido anoréxico con capa se transformaba en un murciélago y escapaba volando por la ventana me sacaban una sonrisa. Ver esos dientes puntiagudos clavarse en una yugular o en la ingle me desternillaba de la risa.

Cuando tenía doce unos compañeros me retaron a lamer un pedazo de bofe. Fui más allá y le pegué un buen tarascón.

En la fiesta de egresados se me ocurrió la brillantez de imitar la mítica escena de Carrie. Con unos amigos pusimos unos baldes con pintura roja en las vigas superiores, sobre la pista de baile. Cuando todos estaban a los saltos en el centro, se los arrojamos en sus cabezas. Todos estaban empapados, sin entender nada, quietos, en shock. Las luces rebotaban en los cuerpos y teñían todo de escarlata.

Lola seguía moviéndose, a ella no le importaba nada. Se movía y me miraba. El vestido se le había pegado a su cuerpo, pesado, marcaba cada curva: las caderas, los muslos, sus senos. Se contoneaba y se acercaba. Sentí su aliento en mi cuello. Sus manos en mi nuca. En el aire no se olía a pintura. La fragancia era irresistible. Una erupción sanguinolenta saltó de mi cuello, otra del de ella. Por sobre su hombro vi a mis amigos comer.

Los vampiros no existen, me dije.

 

Negación

Monarca en revista Metropia

Metropia 11Es muy natural revisar lo que hemos escrito una y otra vez. Mientras más se revisa, más cosas se le quieren cambiar. Mientras más se lee, más “aquí debería ser de esta otra forma” solemos encontrar.

Este es el caso de “Monarca“. Un breve cuento que había publicado hace un tiempo aquí mismo, y que tomó su segunda versión, revisada, en la revista Metropia.

Además, coincide que en la misma revista hablo de otras cosas. Cosas que hago cotidianamente. Mi doble vida.

No te pierdas, en la página 74 de Metropia 11, la nueva revisión de Monarca.

Monarca en revista Metropia

Monarca

Temprano, tarde. No hacía frio, tampoco calor. La verdad que no se sentía nada. Tampoco se veía nada.

Juro que tenía los ojos abiertos a más no poder, pero no veía nada; ni mis manos, ni mis pies, y eso que juraría que los moví, que los sacudí con violencia.

No se veía el color. Recordaba el color negro, pero esto no era eso. ¿Cómo describir un no color? Tampoco era el vacío, por lo menos estaba yo.

Quise tocarme la cara, juro que lo quise, que lo intenté. Esa sensación eléctrica que recorre las extremidades antes de que comiencen a moverse estaba allí, supe que estaba allí; pero no toqué nada. Ni cara, ni dedos, ni nariz, nada. Hoy no podría asegurar que realmente moví alguna extremidad.

¿Dónde estaba? ¿Qué hora era? Por lo menos podía hacerme preguntas: Estaba consciente.

Llegaría tarde al trabajo, el maletín estaba revuelto, la ropa que no había planchado, las cuentas por pagar, el alquiler que se aproximaba. Un alquiler excesivo por una habitación en un segundo piso.

Tenía más miedo por las cosas cotidianas que por no saber dónde estaba.

 

Raúl se despertó boca arriba, asustado. El colchón había sufrido una inundación de transpiración maloliente. Pero no había sido eso lo que había sacudido su sueño.

Se sentía extraño, distinto, algo había cambiado. La luz entró por la ventana y lo apuñaló directo en las córneas. Con un acto reflejo se acurrucó y trató de arrastrarse debajo de la almohada. Tembló y contoneó su cuerpo, moviéndose solo un par de centímetros.

Volteó hacia la luz. Esta no lo lastimaba, no le quemaba la piel. Estiró uno de los brazos queriendo tocarla. Y allí descubrió, en el contraste, sus dedos: Los contempló perplejo.

 

Intenté moverme, sacudir lo que consideraba mi cuerpo. Me retorcí para un lado y para el otro. Mi cuerpo vibró, pero no por mi movimiento: Era ruido que recorría mi cuerpo. No podía escuchar, pero sí sentir el sonido.

Volví a sacudirme violentamente y un “crack” corrió de punta a punta por todo mí ser. Cerré los ojos (O eso creí) y al abrirlos, una luz se filtraba detrás de mí. Podía sentir el calor, podía casi saborearlo.

Otro esfuerzo descomunal y la grieta se expandió más y más luz tocó mi cuerpo. Sentía la necesidad demencial de empujar, de ir hacia esa luz, hacia el calor: Poder ver.

Empujé como nunca hasta que me liberé. La luz intensa no dejaba verme, pero ya sentía, sabía que estaba fuera, que había conseguido aquello que tanto anhelaba.

Un sacudón final y el remolino del viento se movió por mi estómago y sentí que flotaba.

 

Raúl miró entre sus dedos enfocando el ventanal por donde entraba la luz del sol. Allí estaba, una monarca, desplegando sus alas, queriendo realizar su primer vuelo después de la costosa metamorfosis: ¿Quién más que él podría saberlo?

Quiso acompañarla en su vuelo inicial. Acercarse a ella. Parado y desnudo al borde de la cama hizo una pirueta y terminó con la cara en el piso: ¿Dónde estaban sus alas?

Extendió el brazo hacia la monarca en señal de ayuda. Pidiendo una limosna que lo ayudase a comprender.

 

Cuando mis ojos se adaptaron al fulgor del sol lo comprendí. El espanto me paralizó por completo: Allí estaba yo, tendido en el piso, extendiéndome mi mano.

Volé hacia mi dedo. Posado en mi yema nos miramos durante un momento. No hizo falta nada más. No hicieron falta palabras, ningún sonido. Una sonrisa de él fue suficiente.

Se paró y me llevó hasta el ventanal, lo abrió de par en par y volé: Era libre.

Monarca

Grasa–Tercera parte

Durante los siguientes treinta y dos kilómetros no pude quitarme la idea de la cabeza. «El cebo con patas no tenía motivos para amenazarme con el cuchillo» rumiaba entre dientes; «era mi derecho obtener facturas de calidad», me repetía; «¡Él me agredió, yo no hice nada malo!», y aprovechando un acople con una ruta rural, giré violentamente en u y comencé a deshacer los treinta y tantos kilómetros andados. «Yo le voy a enseñar», grité con fuerza y apreté hasta el fondo el pedal del acelerador. El motor rugió de tal manera que me volví uno con este. El ardor de la furia me corría por las venas. Pensaba en lo que le diría, sus respuestas y mis argumentos devastadores, sus gritos y llantos, yo humillándolo: Sí, yo le enseñaría.

Faltaban unos cientos de metros para llegar a la panadería. Ya era de noche y no se veían luces encendidas, «seguro que el gordo se había ido» pensé y aminoré la velocidad. Por precaución — quería tomar al panadero por sorpresa — estacioné el automóvil en un yuyal que había en la mano del frente al local y esperé. Tenía la esperanza que mi objetivo aún se encontrara dentro de su inmunda fábrica de engrudos, y que lo podría interceptar justo cuando saliera. Ahí, en ese preciso momento, yo saldría desde los yuyos y le haría saber todo lo que había planeado. Un banquete de insultos y argumentos devastadores.

Debo haber esperado una hora y el panadero no daba señales de vida. Las tenues luces del alumbrado público estaban atestadas de bichos que golpeaban sus cabezas, incansables, contra el vidrio protector. En su boxística danza dejaban escapar algunos rayos de luz, formando figuras de todo tipo contra la pared cremosa de la panadería. Vi, entre las sombras, cómo otros clientes habían vomitado las medialunas creadas por el panadero al morder restos de cucarachas, moscas, gusanos y hasta pelos. Las sombras también me mostraron cómo el gordo de delantal hacía pis o se rascaba el sobaco y, sin lavarse, seguía su faena sobre la masa. Otra me alertó sobre la puerta del fondo de la panadería que siempre quedaba sin llave, mientras una tercera me arengaba, susurrante, escurrirme por esa puerta y sorprender al panadero cuando regresase por la mañana. Una última me dijo que mis palabras debían ser filosas: Todo tenía sentido.

Salté la pared que dividía el patio trasero de la panadería y el baldío. Caí con fuerza lastimándome el tobillo derecho. El dolor fue insoportable. Quise gritar pero por miedo a que alguien pudiese escucharme e intentara arruinar mi plan, tragué el dolor, apreté los dientes y maldije. «No le ha bastado con darme de comer esa masa desagradable, si no que ahora, por su culpa, también me he lastimado», «¡Me las va a pagar!» repetí una y otra vez.

Me arrastré lenta y dolorosamente hasta la puerta que empujé con cuidado intentando que sus goznes no chillen. Cómo me habían advertido, la puerta no ofreció resistencia alguna y con solo apoyar mi mano se abrió completamente.

Una vez dentro evité prender las luces y caminé a tientas guiándome por los bordes ásperos de las paredes. Mis párpados abiertos a más no poder, como si de esa forma pudieran ver en la oscuridad.

Mientras palpaba la rugosidad cruzó por mi cabeza una imagen: El tremendo susto que se hubiera dado ese mequetrefe del uslero si hubiese encendido las luces y me encontrara, ahí, con mis ojos salidos de las órbitas, la boca abierta, cojeando, brazos estirados tratando de darle caza.

Seguramente hubiera salido corriendo, espantado, con los brazos en alto y chillando como una niña. O aún mejor, su corazón se hubiese congelado, cayendo muerto en ese preciso instante. «¡Sí! Ese hubiera sido un escarmiento, lo que realmente se merecía».

Grasa–Tercera parte

Grasa–Segunda Parte

Como decía, tal vez me encontrase con las mejores facturas de todos mis viajes, por lo que seguí, con paso firme, hacia el mostrador. Las facturas resultaron insultantes y mis ilusiones, infantiles.

Si el decepcionante espectáculo visual no hubiese sido suficiente, del otro lado del mostrador se preparaban para hacerme partícipe de una historia irrelevante. El panadero, pretendía, tontamente, contarme alguna hazaña que luego, con el paso del tiempo, había devenido en infortunio: Justificar su incapacidad para preparar un poco de masa y grasa.

Ya había escuchado ese preámbulo cientos de veces, siempre iniciaba con un «¿Sabe?» — típica entrada, sosa, sin muchos condimentos, intentando complacer al chef y no al comensal —, «Hace unos años» — seguida de un plato principal aburrido, carente de fuerza, perfecta combinación con una entrada sin profundidad — «yo tenía la mejor panadería de la zona» — una guarnición grandilocuente, de gran presentación visual, que destruía toda su magia una vez llegaba al paladar — «pero con la crisis, he tenido que usar productos… ¡ya sabe!… de menor calidad.» — con un cierre propio de un cocinero inexperto que justificaba su ineptitud —.

Mordí una de las facturas mientras asentía con mi cabeza, pretendiendo ser comprensivo y al mismo tiempo evitando cualquier reacción de mi parte que lo alentara a seguir hablando.

Mastiqué por segunda vez el trozo de masa que tenía en la boca. El sabor me taladró la lengua. Repugnancia. El engrudo salado salió cañoneado desde mi boca y se estampó en el delantal amarillento del mantecoso panadero.

— ¡Cómo se le ocurre vender semejante porquería! — Grité mientras aún me arrancaba pedazos de factura de la lengua. — ¿No se da cuenta que son horribles? — Esa era una entrada adecuada para un plato fuerte. Plato que vendría en breve, sin hacer esperar al crítico.

Me miró estupefacto, petrificado y yo me quedé, ese segundo eterno, esperando una reacción. Solo mi escupitajo, que se chorreaba cuesta abajo por la redondez de su panza, parecía no haber sido afectado por la suspensión momentánea de las leyes del espacio-tiempo.

Cabeceó y parpadeó con fuerza un par de veces queriendo comprender si lo que estaba viviendo era real, pero su diminuto cerebro lo anclaba.

Después de otro parpadeo — y mientras se me pintaba una sonrisa endiablada en el rostro — finalmente intentó esbozar una réplica. Intento que interrumpí con destreza magistral al taponearle la boca con la factura a medio comer que tenía en mi mano y un «¡a mí no me diga nada! ¿No sabe quién soy?», seguido de «¡esto es incomible!», mientras le revoleaba en la cara la segunda factura.

Su cara pasó del asombro a la furia. El color de su piel parecía la de un camarón luego de cocinarse: Rojo fulguroso.

— Sí… ya sé quién es… — Dijo apretando los dientes — … es el de la tele, el que sale en los programas de cocina. — Cómo ya comenté, mi fama me precedía.

Se limpió con desagrado la bola que seguía cayendo por su delantal y la catapultó hacía un costado. Brazos, estómago y papada se estremecieron gelatinosamente. — ¡Váyase de acá antes que lo mate! — Y de entre las ropas sacó un cuchillo de carnicero. Nada que me asombrase dadas sus cualidades para la panadería.

Inteligentemente de mi parte, noté que estaba en desventaja y que este cavernícola de las harinas no se conformaría con un duelo de caballeros; con palabras y razonamiento. En todo caso el duelo, el monigote lo tenía perdido: Yo tenía razón. Razón que siempre había prevalecido cuando se trataba de aprendices como este o como los que asistían a mis cursos y eventos.

La torre de lípidos blandió el cuchillo en el aire de manera amenazante. Temí por mi integridad física por lo que di media vuelta y fui, ligero, hasta la puerta. Justo en ese momento, un adoquín panificado me pegó certeramente en la cabeza y un «¡que ni se te ocurra volver, caradura!» resonó en el aire.

Grasa–Segunda Parte

GRASA

chefArrancamos otra serie de post semanales y en esta oportunidad, un cuento con un final… suculento.

Grasa

En mis viajes por el interior del país me he encontrado con toda clase de historias contadas por todo tipo de personas: Desde locos que han visto demasiado hasta extremadamente cuerdos que no han salido, jamás, de su casa.

Cada uno con una historia esperando impregnar un oído, dejando una cicatriz en la conciencia del receptor.

Han habido aquellas que son inverosímiles, superficiales, incluso mezquinas, que solo les interesa al que las cuenta. Y están las otras, las que no molestan, las que vivifican y enriquecen al que las escucha: Mis historias, esas sí que dan vida.

Pero como muchas de estas historias, como eso que está destinado a nutrir pero que aún es una suerte de componentes sueltos, sin sentido por separados, requiere de la mano, el intelecto y la visión que las llevará a la excelencia, que la saque de lo insulso: Requieren de alguien como yo.

Esta es, entonces, una de esas historias que sin mi mano, sin mi intervención, hubiesen pasado desapercibidas y se hubieran perdido para siempre.

 

Todo comenzó cuando paré a comparar un par de facturas con dulce de leche en plena ruta 36. Tal vez no debí haber entrado al lugar, dar media vuelta y seguir viaje. No había nada en los vidrios roñosos, en esas paredes micóticas, o en la grasitud del panadero que alentasen a llevarse algo a la boca y aún menos, en las escuetas posibilidades de elección detrás de la vitrina.

Y es que nunca fui alguien que le importase mucho lo que comía ni tampoco de donde procedía esa comida. Había estado en antros comiendo la mejor milanesa con papas fritas del mundo, y en monoambientes con un mozo para cada tarea en el ballet gastronómico. Uno para completar la copa de vino justo en la marca media del vidrio, otro para el agua, y hasta uno para atosigarte a preguntas sobre el estado del pedazo de suela disfrazada de «Ojo de Bife de Aberdeen Angus a l’vin rouge» — así, con mayúsculas y en francés — que te habían puesto sobre la porcelana italiana.

GRASA