Doble

Un haz de luz intentaba colarse por un hueco en la persiana. Débilmente golpeaba la alfombra mohosa. Unas motas lo atravesaban lacerándolo. Él se arrojó en el sillón victoriano y dejó caer sus brazos, pesados y peludos, sobre los apoyabrazos. Ese sillón rojo, desgastado por la transpiración, impregnado con olor a culo, era su trono, su lugar para ver el mundo.

Eran las 9 de la noche y Roberto estaba, como de costumbre, en calzoncillos y medias, listo para ver las noticias. Con el poder que le daba el control remoto, estrujó el botón de encendido con su dedo. El viejo televisor de tubo hizo un pitido y lentamente comenzó a entregarle imágenes. El haz de luz se vio opacado por el brillo artificial y desistió. A Roberto, la radiante luminiscencia lo confortaba.

¡Bienvenidos a este, su noticiero de las 9! Entre los temas de hoy… — Roberto se levantó con parsimonia. Abrió la heladera y, mirando la pantalla de reojo, sacó medio salamín y una lata de cerveza. — Este es el mejor momento para comprar dólares — Dijo el presentador —cómo y por qué… — Una pausa forzada del conductor tratando de generar incertidumbre — te lo contamos en breve en un informe detalladísimo. Y además, seguimos de cerca la desaparición de Eugenia — Roberto trotó los pocos metros que lo separaban de su trono. Se sentó con entusiasmo y se inclinó hacia la pantalla como un chico que quiere ser asombrado por el truco del mago en un cumpleaños. — ¡Pero antes!… un nuevo accidente en plena Panamericana… dos motos y un auto. Los que iban en moto fallecieron. —

Pelotudos — Dijo Roberto con voz gutural, sin emoción y se tiró sobre el respaldar.

Roberto cabeceaba y el salamín hacía equilibrio entre sus dedos. El bramido de una moto sin silenciador rompió la burbuja cavernaria de Roberto. El caucho se derritió en el asfalto y en su agonía chilló. El golpe de metal contra lata fue seguido por el del casco contra el cemento: Alguien gritó algo.

Pelotudo — Balbuceó Roberto y cerró los ojos. El timbre lo hizo saltar. El salamín se perdió entre los pelos de la alfombra piojosa. Se asomó por la mirilla — ¿Si? — Preguntó.

Hola… sí, soy el vecino nuevo del frente… hubo un accidente ¿Me presta el teléfono? El mío se me quedó sin batería — A Roberto no le gustaba ese tipo o, mejor dicho, a Roberto no le gustaba ningún tipo, pero este le gustaba menos. Tal vez era el peinado engominado, o la corbata, o lo brilloso de los zapatos. Algo se movió en la pieza del fondo.

¡No anda! ¡Eh, no tengo! — Respondió Roberto y cerró la tapita de la mirilla. Y al galope se metió por la puerta de la última pieza.

¡Urgente! Nos informan de un accidente fatal, el conductor de una moto… — Roberto salió de la pieza cerrándola con llave. Se paró frente al televisor y suspiró con desaprobación, sacudiendo la cabeza decepcionado. Movió ligeramente la persiana con los dedos y miró el espectáculo de luces y sonidos y curiosos. Dos enfermeros subían al motociclista a la camilla mientras que un grupo de policías trataba de espantar al mosquerío. — ¡Pero que pelotudo! —

¡Volvemos a estudios! — Se escuchó de fondo — Este es un caso que tiene en vilo a toda la ciudad — Dijo el periodista — la desaparición de Eugenia, esta chica de 18 años — Roberto soltó todo y corrió a sentarse. Era la noticia que esperaba. La pantalla parpadeó un instante. Alguien golpeó la puerta con fuerza. A Roberto solo le interesaba la noticia. Nuevamente los golpes en la puerta y un “¿Hola?”. Roberto miró de reojo, bufó y se paró con desidia.

¿Qué quiere? — Gritó, mientras caminaba hacia la puerta, pero no hubo respuesta. Corrió la tapa de la mirilla y clavó un ojo amenazador: Era la policía.

Detrás de la policía, sobre la calle, un grupo de vecinos chismosos se diluía en procesión. Solo el nuevo se mantenía de pié, quieto, a unos pasos detrás de los agentes.

Es la policía — Le respondieron — Queríamos hacerle unas preguntas. ¿Abre? — Roberto puso la cadenilla y abrió ligeramente la puerta.

¿Qué? — Arrojó, despectivo, impulsado por un movimiento de cabeza.

Como sabrá, hubo un accidente. ¿Usted vio algo? ¿Escuchó alg… —

No, no vi ni escuché nada. — Interrumpió secamente. Los oficiales lo miraron de arriba a abajo. Uno se inclinó ligeramente tratando de ver por entre medio de la puerta y Roberto lo detuvo con un “¿Qué?”. Los dos agentes se despidieron con un desconfiado “gracias” y Roberto cerró la puerta. En ese preciso instante le pareció que el engominado vecino lo miraba sombrío.

— … me ponés la imagen de la cámara de nuevo? — Le preguntaba el periodista a un asistente invisible. — Ahí la tienen, esa es la última imagen en la que se ve a Eugenia — La imagen, tomada desde una cámara cenital de seguridad, mostraba a Eugenia caminando en la noche y una figura antropomórfica unos pasos detrás. La imagen se deformaba en la figura y la hacía irreconocible. Roberto gesticuló un intento de sonrisa.

El pitido de la señal de ajuste despertó a Roberto. Tenía la boca seca. Se levantó con pereza, se restregó los ojos mientras caminaba hacía la heladera. En el camino pisó el salamín y se frenó en seco. Su cara de susto. Se había olvidado de algo. Con rapidez recogió el salamín, lo picó groseramente, tomó un poco de pan mohoso de una bolsa y sirvió un vaso de agua. Colocó desordenadamente todo en un plato usado que agarró de la bacha y se dirigió a la última habitación. Abrió la puerta y dejó el plato y el vaso en el suelo. Volvió a la cocina, se apoyó con las dos manos en la mesada y suspiró.

Iba por el cuarto vaso de agua cuando el ruido de unos pasos en el techo lo sobresaltaron. Sostuvo la respiración y agudizó el oído. Algo corrió a toda velocidad hacía el fondo de la casa. Roberto tomó un cuchillo algo oxidado y corrió en la misma dirección. Abrió la puerta metálica que daba al patio trasero de la casa y, empuñando el cuchillo, corrió las cortinas plásticas que atajaban las moscas en los días calurosos. Algo lo miraba desde lo alto de la medianera del fondo. No podía ver la forma pero si sus los ojos brillantes y rojizos. Agitó el cuchillo en el aire y gritó una puteada. La forma no se amedrentó. Luego de unos segundos los dos fuegos se apagaron y desaparecieron por completo. Roberto entró, le puso llave a la puerta y, desde un rincón, sacó un palo metálico con el que la trabó. Volviendo hacia la cocina se detuvo un instante frente a la puerta de la habitación del fondo, giró la llave y dejó la puerta entre abierta. El brillo del televisor era su faro en la oscuridad. El sonido seco de unos golpes hicieron que el faro titubeara y Roberto se le unió. Dos nuevos golpes y Roberto avanzó cuidadosamente, tocando la pared, intentado buscar un apoyo. Sin siquiera respirar miró por el hueco de la persiana. El engominado vecino cruzaba la calle, abría la puertita del cerco de madera que limitaba la casa. En el umbral de la puerta se detuvo. Miró hacia la persiana y se diluyó en la oscuridad de la casa. La mirada traspasó la madera de la persiana, el vidrio de la ventana, los huesos de Roberto y se alojó en la médula. Esta se sacudió en señal de alerta y empujó a Roberto hacia la calle.

¿Qué mierda te pasa, pelotudo? — Le gritó — ¡Vení para acá si sos guapo! — Volvió a gritar. Esta vez agitando el cuchillo en el aire. Cuando Roberto se calmó ya estaba en medio de la calle, bañado por las mal mantenidas luminarias públicas. Miró para los costados y todo estaba en silencio. La bruma se levantaba próxima. La noche lo engullía todo. Solo los incautos y los jóvenes (A veces la misma cosa) veían en la noche algo placentero, algo para disfrutar. Usó el cinto para sostener el cuchillo y, en extremo silencio, cruzó el cerco. Le daría el susto de su vida y así, el vecino, sabría quién era Roberto. Se deslizó hasta una ventana y entornó los ojos tratando de ver en la oscuridad. La luz se encendió y el vecino entró a la habitación. Roberto se agachó pero sin dejar de mirar. El vecino tenía un aspecto descuidado: Encorvado, de tez pálida y semblante cadavérico.

Las luces no dejaban de titilar y Roberto hubiera jurado que ese ser se deslizaba en vez de caminar. Mientras se movía, Roberto pasó de una ventana a la otra, siempre siguiéndolo. Entró en otro cuarto, uno que se proyectaba hacia el fondo de la casa. La luz del fondo se encendió. Roberto tomó el cuchillo y, haciendo palanca con este, forzó una ventana y saltó dentro de la casa. La puerta por dónde el vecino se había escabullido estaba entre abierta. Roberto intentó abrirla pero la falta de aceite en los goznes le hizo entender que no sería una buena idea. Desde la abertura podía ver luz al fondo de un pasillo completamente oscuro. Una sombra sobre la pared le indicaba que allí estaba el vecino. La sombra cargaba algo con sus manos, la cargaba como se carga una bolsa grande y pesada. La sombra se hizo nítida y de ella florecieron brazos, piernas y una cabeza. La cabeza y cuello quedaron al descubierto y una boca babeante, de colmillos agudos se aferró a la yugular.

¡Eugenia! — Un grito mudo se escapó de la garganta de Roberto. Un grito acallado fue suficiente para que Eugenia cayera al suelo y el monstruo flotara a toda velocidad por el pasillo a la caza de Roberto. Un chillido le heló la sangre: Roberto había clavado el puñal en el costado de la bestia. Esto le dio el suficiente tiempo para que saltara por la ventana y corriera a ocultarse en su casa. Cerró la puerta con llave y arrastró su trono para usarlo de barricada. De nada sirvió. La puerta explotó y los pedazos volaron por los aires y Roberto voló con ellos dos metros hacia atrás por el pasillo. Tardó unos segundos en recuperar el sentido y cuando lo hizo vio la figura acercarse hacia él. Arrastrándose de espaldas llegó hasta la puerta de la habitación del fondo. Otro chillido cortó el aire y el engendro saltó hacia él.

¡Pelotudo! — Dijo Roberto y pateó la puerta. El monstruo lo intuyó pero ya nada podía hacer. Unos tentáculos negros emergieron del umbral y tomaron al vampiro de sus extremidades arrastrándolo hacia una grotesca boca dentada. La puerta se cerró tras el último forcejeo y Roberto le puso llave.

¡Último momento! — El periodista se preparaba para dar una primicia — Eugenia ha aparecido y se encuentra fuera de peligro. Los médicos han dicho que se encuentra algo anémica pero ya la están tratando. Por otro lado, las autoridades siguen en la búsqueda de Julieta… — Roberto miraba la pantalla inclinado hacia adelante, con entusiasmo, una leve sonrisa afloró mientras cortaba un salamín.

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Doble

Grasa–El final

Impaciente, recorría la pequeña cocina de un lado al otro. La había caminado durante la última media hora al punto que, en la oscuridad absoluta, ya conocía cada uno de sus recovecos, baldosas sueltas, charcos de agua estancada, mangos de sartenes salientes y sacos de harina húmeda.

Con la excitación había olvidado mi tobillo, casi no sentía dolor. Me lo toqué por puro instinto: Estaba hinchado, acuoso. Busqué uno de los rincones que había imaginado ligeramente más limpio que el resto y me acurruqué. Si al monigote le quedaba algo de decencia no tardaría mucho en volver y comenzar con el trabajo rutinario del local. Podría sorprenderlo en ese momento.

El ruido de la puerta principal seguido de unos pesados pasos me despertó. Me había quedado dormido y el cocinero ya estaba aquí. Había perdido la oportunidad, la ventaja de la sorpresa, y era yo el sorprendido. Parado, me apreté más contra el rincón y el panadero pasó zumbando a mi lado. Las sombras me habían ayudado o simplemente no esperaba encontrar alguien dentro por lo que no prestó atención.

Desde mi esquina lo observé. Revolvía un cajón, luego otro. Ponía un recipiente sobre otro para devolverlos, al poco tiempo, a su lugar de origen. Tomaba un saco de harina de una pila y lo colocaba en otra.

Nada de este espectáculo me sorprendió. Incluso hubo un momento en que sentí algo de condescendencia para el pobre simio. Pero fue solo un instante minúsculo. El estruendo de un violento pedo que se habría paso de entre las nalgas del panadero revitalizó todo el odio que me había llevado hasta allí.

Emergí desde las sombras como una aparición fantasmagórica. Tomé el cuchillo de carnicero de la mesada y se lo clavé en la base del cuello. La primer estocada atravesó la carne, y las siguientes el hueso.

Retrocedí unos pasos mientras miraba al gordo revolcarse en el piso, intentando quitar mis palabras de su cuello. Gritó, gimió, pataleó y se retorció. Me quedé parado. Inmóvil, hasta que él también dejó de moverse.

El primer cliente llegó a las ocho. Preguntó por Jaime y le dije que estaba enfermo, que hoy lo remplazaba. Pidió media docena de facturas. Me contó otra de esas historias que a nadie le interesan — algo sobre el clima y lo caro que estaba todo —. Asentí a cada afirmación mientras respondía con mi mejor sonrisa — los clientes siempre tienen la razón y deben ser atendidos de la mejor manera —. Probó una de las facturas y por un momento su cara se llenó de sorpresa y gratitud.

— ¿Cambiaron de receta? — Había notado mi toque.

Respondí que teníamos un panadero nuevo, con más categoría. Agradeció por el manjar, pagó y se fue.

La campana del horno, avisándome que otra bandeja de facturas estaba lista, sonó. Mientras iba a la cocina el rostro feliz del primer cliente seguía en mi cabeza.

— El secreto de las medialunas está en la grasa — Dije con placer y tomando firmemente el cuchillo de carnicero, corté un generoso trozo de grasa del estómago del panadero y la mezclé con la harina: La masa para la siguiente tanda de facturas estaba lista.

Grasa–El final

Sí, el primer post

Como es costumbre, el primer post, el famoso “hola mundo” de las cosas, con una breve introducción.

Y como breve, me refiero a realmente breve.

Hace ya años que escribo, que he publicado algunos libros, una novela por allá, algunos cuentos por acá. Suelo participar de algunos concursos literarios y como muchos casos, no todos somos ganadores.

El detrás de este blog será, por lo tanto, publicar aquello que no llega de otra forma a los ojos de los lectores.

Sí, el primer post